Columnistas y Tertulianos


Misión cumplida.

Se equivocan quienes creen que los ocho meses de Sánchez han sido un fracaso.

Luis Ventoso.

Actualizado:

14/02/2019 00:15h.

La legislatura, que ya era un zombi que se arrastraba, se convirtió ayer en una momia disecada. Un Gobierno incapaz de aprobar sus presupuestos carece de razón de ser. Así lo remarcó en su día un preclaro estadista, para más señas doctor «cum corta y pega» en Economía: «O Presupuestos, o elecciones», eso le espetó a Rajoy Sánchez hace un año. Mañana está previsto que el oráculo de La Moncloa se digne a hablar a los españoles y les permita conocer sus designios. Ayer, el hombre que acusaba a su predecesor de escaquearse tras «el plasma» pasó entre la prensa del Congreso como si fuese una melé de fútbol americano, mudo y desdeñoso. Acababa de perder la votación que liquidaba la legislatura, pero no tuvo a bien decir ni pío. Con semejante ambientazo, los politólogos vaticinan que huele a elecciones en abril. Aunque con nuestro Sánchez nunca se sabe. Lo mismo saca el «Manual de Resistencia», lo achanta en la cerradura de La Moncloa y nos okupa aquello hasta 2020. También podría ser que la anunciada comparecencia del viernes fuese para comunicar alguna relevante nueva relativa a los huesos de su ministro sin cartera, Franco.

Este Gobierno, que en su génesis se hizo llamar «bonito», ha caducado más rápido que las fresas de invernadero que me compro en el colmado del barrio. Dicen los analistas que el balance de Sánchez no es muy boyante. Tras una catarata de propaganda, en economía al final ha gobernado con los «presupuestos antisociales» del viejo Mariano (que por cierto, eran bastante socialdemócratas). En el envite independentista, todo queda igual (o peor). Sánchez ignoró un sabio principio político, aquel que establece que «quien con niños se acuesta, meado se levanta». Con un adanismo jactancioso pensó que él sí podría negociar con los fanáticos separatistas que lo sostenían. Pero el único diálogo que admite el nacionalismo catalán se llama «dame ya la independencia». Ayer se hizo patente con el doloroso rejón parlamentario que le aplicaron sus amiguetes Quim y Oriol.

Se enfatiza por doquier que los ocho meses de Sánchez han sido un fiasco, una pérdida de tiempo, una cantamañanada. Discrepo. Este Gobierno ha cumplido la única misión para la que fue constituido: permitir que una persona de una vanidad hipertrofiada se diese el gustazo de ser presidente pese a haber sido zarandeado en las urnas. El Gobierno ha logrado todos sus objetivos: la mujer de Sánchez tiene un buen empleo; Pedro se ha hecho selfis en el Falcon y se ha llamado «presidente» a sí mismo unas veinte veces al día; el matrimonio Sánchez-Gómez ha conocido mundo a costa de nuestros impuestos; el presidente por accidente ha podido corretear por La Moncloa, veranear en los palacetes oficiales de Doñana y Lanzarote y hasta relanzar su carrera literaria -apolillada por los plagios- publicando un nuevo libro (por supuesto obra también de un negro). ¿Logros concretos del Gobierno? Solo uno, pero importantísimo: colmar el ego de Sánchez.

Las urnas, si llegan, no serán cariñosas con esta enorme impostura. Aunque ojo: Sánchez se beneficiará del hundimiento de Podemos y de las mermas del PP a manos de Vox. Si no se prima el voto útil podemos despertarnos con más Sánchez.

Luis Ventoso.

Director Adjunto.
Si delinques, pagas.

No le pongan mística amarilla: cometieron graves delitos y responden por ellos.

Luis Ventoso.

Actualizado:

13/02/2019 08:57h.

Desde el siglo XX hasta hoy, España ha frenado tres intentonas separatistas de quebrar por la fuerza su unidad, aunque no sin esfuerzo y sufrimiento. El primer envite llegó el 6 de octubre de 1934, cuando Companys, de ERC, declaró atolondradamente la República Catalana en un balcón de Barcelona. El general tarraconense Batet se encargó de cumplir con su deber y reinstaurar la legalidad. Batet, que tenía lo que hay que tener, incluso empleó su artillería contra los insurrectos. Lógicamente, la justicia de la República Española impuso severas condenas a los independentistas que se habían sublevado para romper el país: pena de muerte para los militares cómplices (luego conmutada por cadena perpetua) y 30 años de cárcel para los dirigentes políticos del levantamiento. Además fue suspendida la autonomía catalana. No pudieron con España.

El segundo gran ataque a la unidad de España comenzó en 1958 y se prolongó medio siglo. Se llamaba ETA y amargó la vida del país hasta 2010, cuando fue derrotada por el Estado. Con una crueldad extrema, que costó más de 800 muertos y 3.000 heridos, el movimiento terrorista trató de imponer la independencia del País Vasco mediante la violencia y el chantaje. Policías, militares, políticos y muchas personas anónimas se dejaron la vida contra aquel bárbaro proyecto totalitario. No pudieron con España.

El tercer y último intentó llegó en octubre de 2017, cuando políticos separatistas de ideario xenófobo desoyeron todas las advertencias del Gobierno central y pisotearon la Constitución y las leyes autonómicas para declarar por fuerza la República Catalana. Además, utilizaron para su golpe las instituciones de todos los catalanes, cuando la mayoría no querían la independencia. Tampoco pudieron con España y ayer comenzaron a ser juzgados por sus gravísimos delitos.

Por mucha mística amarilla que le pongan el separatismo, sus tontos útiles tipo Colau y los nacionalistas foráneos, el asunto resulta sencillo: ningún país permite que una parte de su territorio se desgaje a la brava y violentando las leyes nacionales. Algo así te lleva a la cárcel de cabeza en Francia, EE. UU., China, Rusia... y lógicamente también España. Eso sí, la democracia española garantiza un juicio justo, público y con respeto a la presunción de inocencia (aunque resulta complicado que no te declaren culpable si tú mismo te has jactado con alharaca de cómo te fumabas la ley). Existen una serie de coletillas huecas que el nacionalismo catalán -y el vasco, y el escocés...- repiten como si fuesen mantras sagrados. Por ejemplo: «Decidir no es delito». Uno, gallego al fin, respondería con un «depende». Si decides atracar un banco me temo que habrá delito. Y si machacas la norma medular de un Estado, su Constitución, pues también. Los magistrados del Supremo, juristas eruditos de acreditado prestigio, analizarán las acciones de los doce acusados, las compararán con lo que establece la ley y emitirán su sentencia. Así de simple. Y si Junqueras tiene que cenar una larga temporada en la cárcel, pues tampoco nos deprimiremos en demasía, porque intentar romper un país y destrozar la convivencia de los catalanes no es regalar rositas en Sant Jordi.

Luis Ventoso.

Director Adjunto.
El problema de Ciudadanos.

Visto lo visto, Rivera debe pensar en pactar con el PSOE tras las elecciones de mayo.

Ana I. Sánchez.

Actualizado:

12/02/2019 08:25h.

La inmadurez ideológica de Ciudadanos acabará convirtiéndose en objeto de análisis político en la querida facultad de Pablo Iglesias. El enredo con la fotografía de la manifestación del domingo lo dice todo. Albert Rivera no solo hizo todo lo posible por colocarse lo más lejos posible de Santiago Abascal -solo le faltó subir a su familia al escenario- sino que al quedar al descubierto negó toda estrategia cual adolescente pillado in fraganti. Dijo ayer que no concedió importancia alguna a la fotografía porque la imagen trascendente era el lleno de Colón. Pero ¿no fue él quien peleó los días previos por salir al escenario a dar un mitin que cerrara el acto? Vaya cuajo. El mismo que tuvo para colocar a uno de sus concejales en Madrid de sujeta-banderas tras él. Bosco Labrado apareció portando el emblema del colectivo LGTBI mientras Rivera intervenía ante las cámaras para que su presidente pudiera marcar distancia con Vox. Aunque el pacto era que los tres líderes comparecieran con el mismo fondo.

Todo viene del problema que tiene Cs. El rearme ideológico del PP tras la llegada de Pablo Casado y la irrupción de Vox le han obligado a retroceder en la conquista de la derecha a la que estaba entregado. Y cree haber encontrado un nuevo nicho de votantes en los socialistas descontentos. Varios dirigentes de Cs los llaman los socialistas «buenos». Aquellos votantes de la generación de Felipe González que tienen en su cabeza un modelo de España mucho más construido que el de Pedro Sánchez. Calcula Rivera que es factible llegar a ellos sacudiéndose el halo conservador que le rodea tras dos años de apoyo al PP. Y eso incluye rechazar de plano a Abascal como símbolo de la ultraderecha. Dice que Vox es tan populista como Podemos. De acuerdo. Y que no tiene nada que hablar con un grupo de semejante ralea. Error. Un demócrata siempre tiene que dialogar con sus rivales, por muy opuestas que sean sus ideas. Solo así su país puede avanzar con estabilidad. Se olvida también Rivera de que el populismo de Pablo Iglesias no le impidió fotografiarse con él en 2015 entre gestos de complicidad. Incluso pasearon por la calle y compartieron la parte trasera de un coche para la televisión. No es cuestión de populismos sino de oportunismos.

Visto lo visto, Rivera debe estar pensando en pactar significativamente con el PSOE tras las elecciones de mayo para recuperar su imagen centrista. Pero se equivoca de plano. No valora que esos socialistas «buenos» tienen principios ideológicos. Y eso implica que pueden no votar al PSOE pero tampoco olvidarán las alianzas que Cs tejió con el PP. Antes optarán por la abstención que ver a Rivera como alternativa. Si se hubiera mantenido en el centro que hoy pretende recuperar, estaría robándole votantes al PSOE. A manos llenas. El problema de Cs es creer que puede cambiar de espacio político en función de cómo marcha la partida. Es esa inmadurez ideológica la que le marcará un techo electoral por detrás del PP. Y no con quien salga en una foto.

Ana I. Sánchez.

Redactora.
Todos los «negros» del presidente.

Ni la tesis ni el «Manual de resistencia». No hay volumen que salga de la mano de Sánchez. Eso sí, sus «negros» y «negras» acaban muy requetebién colocados.

Álvaro Martínez.

Actualizado:

10/02/2019 01:30h.

Sabe de buena tinta este batallón que en el mundo editorial hay una legión de «negros». Tantos hubo, hay y habrá ocultos y silentes en los anaqueles de las librerías que hasta la Real Academia define desde hace años como negro o negra, en su acepción 17 de la palabra, a «la persona que trabaja anónimamente para lucimiento y provecho de otro, especialmente en trabajos literarios». La última en llegar a este grupo de escribas por cuenta ajena es Irene Lozano, que ha sido quien al parecer se ha encargado de escribir de verdad el «Manual de resistencia» de Sánchez. Lo cierto es que el doctor va depurando su «práctica redaccional» de tal forma que ha pasado del corta/pega a mansalva de textos de múltiples autores en su tesis (que hacen de «negros» sin saberlo), a endosarle la redacción enterita del escrito que él firma a una sola persona. Hasta copiar parece que le da pereza al líder socialista.

Lozano es periodista y escritora y tiene una solvente experiencia en escribir para otros, así lo hizo por ejemplo en el libro de la excapitán Zaida Cantera, aunque en este caso era cofirmante del texto, no como en el Manual de Sánchez, donde entre la foto tamaño póster del doctor y las letras dimensión Hollywood con su augusto nombre, ha sido imposible encontrar un huequito mínimo en la portada donde ponga Irene Lozano.

Pero tampoco es como para enfadarse por esta omisión pues el nombre de Irene Lozano sí aparece en el «Gobierno bonito», adonde llegó en octubre, tres meses después de la provindencial fundación de tan ejemplar gabinete ministerial. Pero llegó con todo el porte, el tronío y un lustrosísimo sueldo como secretaria de Estado de la España Global. Con los complementos de productividad, cobra Lozano más que el ministro del que depende, José Borrell. ¿Es o no es España una tierra de oportunidades?

Lo es, sin duda, y no solo en el salario. También ofrece España la posibilidad de arrimarse siempre al sol que más calienta. De hecho, Lozano comenzó su carrera política en Unión Progreso y Democracia, aquel UPyD de Rosa Díez, partido por el que fue diputada durante cuatro años y en el que dejó duras críticas al PSOE. Un ejemplo: «Les voy a explicar lo que es la antipolítica, señores del PSOE y del PP. La que han hecho ustedes al permitir las prácticas corruptas de cargos públicos, la impunidad de los acusados, cuando han usado las instituciones públicas para colocar a sus amigos». Cuando empezó a apagarse el tímido empuje del partido magenta se mudó Irene al socialismo de Sánchez, no sin antes perder unas elecciones internas para presidir UPyD, donde fue derrotada con claridad por Andrés Herzog, hoy retirado de la política. Perdió, y a los pocos meses, fichaba por la lista del PSOE.

Ahora, además de escribirle los libros al presidente del Gobierno, la secretaria de Estado de la España Global asume las competencias del Comisionado para la Marca España, que durante seis años ejerció Carlos Espinosa de los Monteros sin cobrar un solo euro por el cometido. Ni uno. Es pronto para ver la eficacia de la gestión de Lozano en la proyección y buen nombre de España en el exterior. Por lo pronto, parece más centrada, a medias con Tezanos, en la propaganda de Sánchez, redactándole un libro que firma él desde La Moncloa. Resuenan ahora, como un clamor olvidado, aquellas palabras con las que, en vibrante discurso, Lozano acusaba a los socialistas de «usar las instituciones públicas para colocar a sus amigos». ¡Ole mi «negra»!

Álvaro Martínez.

Redactor jefe.
Genocidio en Pedralbes.

Si Sánchez admite que es preciso un «relator» externo, está llamándose a sí mismo genocida. Por extensión, nos lo llama a todos.

Gabriel Albiac.

Actualizado: 07/02/2019 00:13h.

De esto alza acta un «relator»: «Tenía 14 años. No sé cómo perdí a mi familia. Lo que sé es que, allá donde se encuentren, tendrán más paz que la que yo tendré nunca. El dolor y la tristeza no pueden alcanzarlos… Hombres, mujeres, niños y viejos eran golpeados a machetazos y bastonazos. Unos perecían, los otros avanzábamos sobre sus cuerpos mutilados en descomposición. Fui golpeada con machete y bastón, y seguí corriendo. Fui violada y apaleada, y seguí corriendo. Vosotros diréis que fui valiente y animosa. Y sí, miré a la muerte cara a cara y pagué un precio atroz por sobrevivir. De algún modo, tuve suerte: no vi matar a mi familia. Y ni siquiera sé si fueron torturados… Los bebés eran utilizados como dianas en los campos de tiro». Ruanda, abril-julio de 1994.

Hasta la noche del martes pasado, tú ponías «relator» en Google y aparecía un nombre: René Degni Ségui. Y una institución: la ONU. Y una misión: el último genocidio del siglo XX. Y unas cifras: entre 800.000 y 1.200.000 tutsis asesinados en el intervalo de tres meses y diez días. Y un país devastado: Ruanda. A partir de la noche de anteayer, esas entradas de Google se entreveran con los nombres de Joaquín Torra y Pedro Sánchez. En lo que es, sin duda, la mayor vergüenza para un político español desde el año 1978.

Al aceptar la figura del «relator», el presidente del Gobierno español admite la sospecha más horrible que pueda caer sobre un país en el mundo moderno. Si está justificado introducir un observador externo -ya veremos con qué rango y de qué nacionalidad- en la relación entre el aparato ejecutivo del Estado y los altos funcionarios de una de sus administraciones locales, es que la verosimilitud de un genocidio ha sido contemplada. Sólo en ese caso se justifica que el acta notarial de tal encuentro recaiga, no sobre la administración nacional que lo regula, sino sobre una «parte neutral», que opere como garantía de que el más débil no sea exterminado.

La figura del «relator» funciona, en las lógicas de la ONU, como designación de un específico experto independiente que el Consejo de Derechos Humanos designaría para presentar informe formal de las violaciones contra esos derechos humanos en un país concreto. Sus testimonios pueden -deben- servir de base al inicio de los procedimientos por genocidio, crímenes contra la humanidad o crímenes de guerra ante los tribunales internacionales. Así sucedió con los dosieres de René Degni Ségui en Ruanda, que llevaron a la condena del presidente Jean Kambanda. Cuesta trabajo pensar que Torra pretenda hacer lo mismo con Pedro Sánchez. Pero sería lo lógico. En su lógica.

En condiciones de normalidad jurídica, dos personas que se reúnen para negociar pueden reclamar la presencia de un notario. En el caso de una Administración y un subordinado suyo, el Estado dispone de cierta función específica: la del Notario Mayor del Reino. Que coincide en la persona del ministro de Justicia. Torra puede juzgar un mentiroso a Sánchez. Y a la inversa. Ambos están en su derecho de mutuamente despreciarse. Y es sensato que pongan al notario general del reino por testigo. Para eso existen las instituciones. Cuando existen.

Pero, si Sánchez admite que es preciso un «relator» externo, está cediendo el criterio de verdad a Torra y está llamándose a sí mismo genocida. Por extensión, nos lo llama a todos. Es la mayor vileza que haya cometido un político español en lo que va de democracia. Torra gana. A cambio, Sánchez mantiene domicilio en La Moncloa.

Gabriel Albiac.

Articulista de Opinión.
Sánchez, al límite.

Constitucionalmente, el presidente del Gobierno no puede abrir diálogo bilateral y con mediadores con una región.

Luis Ventoso.

Actualizado:

06/02/2019 08:56h.

Afinales de mayo, Sánchez ganó una moción de censura y se convirtió en presidente, con solo 84 escaños y aliado con los separatistas que habían dado un golpe solo siete meses antes. Su pretexto fue que la condena de unos alcaldes menores del PP en el caso Gürtel salpicaba a Rajoy de tal manera que no podía continuar en su cargo (esta semana han entrado en la cárcel por robar del erario dos excargos del gobierno del socialista extremeño Vara, pero supuesto no ha dimitido nadie). Sánchez anunció durante la moción que el suyo sería un Gobierno de transición para convocar pronto elecciones (hoy es evidente que mintió). También afirmó que su objetivo era «recuperar la normalidad política e institucional y regenerar la vida democrática». Tampoco ahí ha cumplido. De hecho su gobernanza se caracteriza por una sucesión de malas prácticas, que degradan la vida pública, como tomar TVE o el CIS. La última es la publicación de un libro de su autoría, dedicado al autoelogio. Algo inaudito, que ningún presidente en ejercicio hace, pues al establecer una relación contractual con una editorial -en este caso un importante grupo mediático- deja de ser neutral en lo que hace a sus relaciones con los medios.

Todo lo dicho es lamentable. Pero ayer ocurrió algo aún más grave. En una nueva rendición para que los separatistas le validen sus presupuestos y seguir en La Moncloa, ha aceptado la exigencia de Torra de que haya mediadores -«relatores»- en sus conversaciones con la Generalitat. Como si España fuese una república tercermundista envuelta en una guerra civil, o un territorio en proceso de descolonización. En diciembre, Sánchez solicitó una entrevista con Torra -cuando este acababa de llamar a la vía bélica eslovena- y el día 21 se entrevistó con él en Barcelona. Torra le entregó un documento con 21 exigencias que Sánchez ocultó a los ciudadanos. De hecho, engañó a los españoles e hizo un balance positivo del encuentro, porque se abría «un espacio para el diálogo». Dos días después, Torra reveló que le había entregado por escrito sus exigencias, que Sánchez jamás hizo público, a pesar de la reiterada petición de la oposición y de ABC. Ayer el líder separatista divulgó por fin esas demandas. Entre otras, la autodeterminación, renuncia al 155, el fin de la «vía judicial» y mediadores internacionales (concedidos ya por el Gobierno).

¿Puede un presidente de España abrir una negociación con observadores con el Gobierno de una comunidad autónoma que demanda la «autodeterminación», una figura que no contempla nuestra Constitución? ¿No está Sánchez violando de manera flagrante sus obligaciones constitucionales, de las cuales la primera es proteger la integridad y unidad de la nación? ¿Puede el Estado abrir una mesa bilateral con una comunidad autónoma, cuyo poder deriva del propio Estado? ¿No supone eso un absurdo constitucional, algo así como el Estado negociando consigo mismo? En su afán ególatra por aferrarse al cargo, Sánchez ha ido demasiado lejos. Si pasa de las palabras a los hechos y finalmente abre esa mesa podría incurrir en un delito.

Luis Ventoso.

Director Adjunto.
Otra torpeza que saldrá cara.

A las puertas del juicio por el «procés» lo mínimo que puede pedirse al Gobierno es que no regale bazas al independentismo.

Ana I. Sánchez.

Actualizado:

05/02/2019 09:13h.

La impericia del Gobierno en el manejo de la crisis catalana está alcanzando cotas realmente sorprendentes. La secretaria de Estado de España Global, Irene Lozano, fue elegida con un único cometido: mejorar la percepción de nuestro país en el extranjero. A las puertas del juicio del «procés» su único propósito debería ser divulgar que España es una gran democracia que respeta la ley, la separación de poderes y en la que no existen presos políticos. Es decir, desmontar las mentiras del independentismo y restarle toda credibilidad en el plano internacional. Sin embargo, se ha estrenado en la BBC haciendo todo lo contrario, brindando un argumento al secesionismo. Lozano ha concedido una entrevista en la que afirma que los líderes separatistas cometieron delitos penales, saltándose la presunción de inocencia ante un escaparate que observan millones de personas. A una semana del juicio, lo mínimo que puede pedirse a los miembros del Gobierno es que sepan diferenciar entre lo que piensan -ellos y casi toda España- y las declaraciones que pueden realizar con carácter oficial para no dar bazas al independentismo. Recuerden la respuesta de Julio César a las matronas del patriarcado tras su divorcio de Pompeya: «La mujer del César no solo debe ser honrada, sino parecerlo». España es ya una sólida democracia pero la crisis catalana le obliga a reflejarlo, porque la partida contra los independentistas no solo se gana con los juzgados, sino también en la imagen. En defensa de Lozano cabe decir que las entrevistas en inglés pueden generar malas pasadas para quien no domina el idioma y que las respuestas sobre temas jurídicos son difíciles de ajustar en otra lengua. Pero si éste es el caso de Lozano, no debería haber cometido la imprudencia de conceder la conversación. Y menos sin haberse preparado con antelación la respuesta a un tema que cualquiera se hubiera imaginado que sería objeto de pregunta. España no puede cometer impericias como ésa: el independentismo no descansa y no dudará en utilizarlas.

La torpeza de Lozano es la última pero no la más grave cometida por el Gobierno socialista, cuya gestión de la crisis catalana empieza a dar para preguntarse si no debería especificarse la negligencia política dentro del catálogo de imprudencias castigables por la ley. Por depuración de responsabilidades, pero también por prevención de conductas temerarias. ¿O no es una imprudencia cruzarse de brazos mientras el presidente de una autonomía alienta a seguir la vía eslovena contra el Estado? ¿O mirar hacia otro lado mientras los mossos que cargan contra los CDR son acosados? ¿O permitir que un movimiento político como el independentista divida una sociedad inventando embustes y mentiras con impunidad? No se trata de maniatar la acción política, sino de evitar su uso de manera temeraria. Las conductas negligentes de quienes juegan a ser líderes no deberían salir gratis.

Ana I. Sánchez.

Redactora.
Retrospectiva de un fracaso.

Un secretario de Estado y dos ayudantes trabajando en despachos prestados: ése fue el contingente de desembarco.

Ignacio Camacho.

Actualizado:

04/02/2019 08:58h.

Aunque sólo sea por aprender del pasado, en vísperas del juicio de la insurrección separatista parece inevitable repetir la pregunta de si pudo existir algún modo de detener aquel conflicto dramático. La respuesta es que sí, por más que la afirmación se bifurque según la perspectiva del caso. La más benévola atribuye a Puigdemont la responsabilidad final del impacto por no haber convocado elecciones cuando en pleno choque institucional tuvo la decisión en su mano. La menos complaciente para el Estado señala a un Gobierno de España estupefacto, preso de la parálisis por su falta de liderazgo. Un Gabinete pasmado que nunca creyó que el procés fuese capaz de avanzar hasta el último paso, que dejó a los independentistas más margen del que ellos mismos habían soñado y que incluso a la hora ineludible del 155 lo aplicó en su mínima expresión, con un talante encogido y timorato. A esas alturas, de todas formas, la sublevación ya se había consumado y para que el desafío no quedase impune sólo quedaba la Justicia como ultima ratio.

En la excelente entrevista que Sostres le hizo ayer en ABC a Roberto Bermúdez de Castro, el hombre encargado de gestionar la intervención de la autonomía catalana destilaba una suerte de amargo desencanto. Por un lado, el alivio de haberse encontrado, en vez de una feroz resistencia civil, un ambiente balsámico; por el otro el resquemor de saber que Rajoy y su vicepresidenta habían delegado ese crucial cometido en un simple secretario de Estado. Él y otras dos personas instaladas en despachos prestados: ése fue el contingente de desembarco. El enviado gubernamental concluye que no hay un artículo 155 más duro o más blando, sino más corto o más largo. Y el marianismo optó por el de juguete, el que le causaba menos embarazo.

Pero en ese momento ya era tarde para casi todo, porque el golpe estaba ejecutado aunque sin otro destino que el fracaso. Hubo un punto de inflexión, en cambio, en que fue posible desactivarlo: cuando el Parlament aprobó en septiembre las leyes de desconexión que suponían la ruptura con la Constitución y su marco. Era el paso previo al referéndum que el marianismo pudo impedir de haberse conducido con el convencimiento necesario. Le faltaba consenso, sí, pero un presidente con suficiente energía moral y audacia política habría forzado a la oposición a dárselo. No sucedió y ya no cabe otra que lamentar el destrozo causado. No sólo en Cataluña; todo lo que ocurrió después en la política española, incluida la moción de censura, tiene su origen en aquellos días de colapso.

Desde entonces sólo dos instituciones, la Corona y los tribunales, han funcionado. La primera cumplió su papel en medio de un vacío de poder que amenazaba caos. A los segundos les llega ahora el tiempo de completar su trabajo. Que no es el de reparar agravios, sino el de establecer y pasar al cobro la factura de los daños.

Ignacio Camacho.

Articulista de Opinión.
Tezanos se viene arriba.

Pero no son bromas, se trata de subversiones descaradas de la democracia.

Luis Ventoso.

Actualizado:

01/02/2019 01:03h.

José Félix Tezanos, de 72 años, es sociólogo y militante desde siempre del PSOE. En un abuso contra la higiene democrática elemental, Sánchez lo sacó de la Ejecutiva de su partido para enchufarlo sin transición alguna al frente del CIS. Allí Tezanos se ha aplicado con énfasis y sin pudor a aquello que le encomendaron: convertir el centro demoscópico del Estado, pagado por nuestros impuestos, en un aparato de propaganda para sacarle lustre a Sánchez. Para ello tomó dos decisiones: convertir en mensuales los sondeos de intención de voto y manipularlos con un descaro inédito.

Siempre ha habido algo de cocina en el CIS. Pero los guisos de Tezanos directamente atufan a pucherazo. Sus desmanes han sido objeto de duras críticas de los medios, de sus colegas sociólogos y de los partidos de la oposición. Sin embargo el veterano aparattchick socialista no solo no se corrige, sino que va a más. Ayer, rozando ya el chiste, remarcó el primer puesto de Sánchez con un escaño más respecto al sondeo de diciembre y restó cuatro al PP. Según Master Chef, el partido de Casado ya se hunde en el cuarto puesto. En el último mes se han acumulado varios ridículos y rectificaciones de Sánchez, que además mercadeó en secreto con Torra y ni así ha logrado apoyo para sus presupuestos. Además, Podemos se está yendo al garete, desangrado por los facazos internos. Mas hete aquí que en la bola mágica de Tezanos el único que retrocede es el PP, y lo hace justamente cuando acaba de firmar la proeza política de desalojar al PSOE de la Junta de Andalucía, poniendo fin a su hegemonía histórica.

El alegre mundo de Tezanos no es algo anecdótico. Que se manipulen los sondeos pagados por el Estado para favorecer al partido que gobierna supone un escándalo democrático, que en Alemania o el Reino Unido no se dejaría pasar. Que el Banco de España denuncie claramente que el Gobierno ha manipulado las cuentas en sus presupuestos y que los números no cuadran, porque se han inflado los ingresos, pues lo mismo: otro abuso gravísimo. Que el presidente de la tesis trucada siga sin explicarse y sin corregir el libro donde también plagió es una gamberrada democrática, como tomar al asalto la televisión pública. Y queda, por supuesto la más grave de todas las tropelías: gobernar sostenido por los separatistas y por el partido heredero de ETA mientras se pone divino con Vox.

Tezanos acomete sus pillerías demoscópicas con tal brocha gorda que empezamos a tomárnoslo de chufla, como un personaje pintoresco en una política despendolada. Un error. Su caso supone un síntoma más de que el presidente que proclamó que venía a regenerar nuestra democracia la está mancillando como nunca.

(P. D.: si la mitad de lo que augura el gran Tezanos fuese cierto, Sánchez, convocaría elecciones hoy mismo. Pero se atornillará hasta el 2020, caiga quien caiga, con las cuentas de Rajoy y con el parlamento paralizado. ¿Por qué? Respondo con otra pregunta: ¿Conoce usted a alguien en su círculo próximo que diga que le gusta Sánchez?).

Luis Ventoso.

Director Adjunto.
El gran circo.

Jamás os fieis, queridas hijas, ni de las bondadosas abuelitas ni de los dulces polluelos.

Gabriel Albiac.

Actualizado:

31/01/2019 01:31h.

Recuerdo el cómic. Hace de eso no sé cuántas glaciaciones. Yo era joven; o aún peor. Sobre la pantalla, una pulcra abuelita -era su nombre en los Looney Tunes, Abuelita, Granny, su único nombre- le arreaba de bolsazos a un malvado gato negro, que era, en realidad, el pobre «pringao» al cual está permitido siempre moler a bofetadas para mayor regocijo del respetable. En un rincón discreto, un dulce polluelo de canario, ojigrándico y cabezón, se despepitaba furtivamente de la risa: «Creo haber visto a un lindo gatito», repetía con gesto adorable, mientras el lindo gatito no fenecía porque a los pobres dibujos animados no les está permitido ese alivio. Era divertidísimo. Cuando tuve hijas en edad, se lo propuse como aprendizaje de la única verdad moral irrefutable: los buenos son los malos. Porque para mala, mala, la inocente abuelita. Jamás os fieis, queridas hijas, ni de las bondadosas abuelitas ni de los dulces polluelos.

Lo que no podía imaginar yo era que, un día, iba a haber alguien lo bastante perverso como para hacer que el cómic transitara tal cual a la realidad política. En el fondo, sigo siendo un ingenuo: haber leído a Guy Debord a los 18, hubiera debido enseñarme que no hay dibujo animado que pueda alcanzar las cotas de delirio a las cuales se abalanza la política contemporánea. En 2015, un partido político -o una asociación, o una barra brava peronista, o una alegre pandi, o lo que sea- apostó por materializar a Granny en carne y hueso, proponiendo como candidata a alcaldesa de Madrid a aquella tierna aporreadora del cómic de la Warner, simpática abuelita que repartiría estopa a los malos malísimos. Y la cosa tuvo éxito. En tan sólo cuatro años, Manuela Carmena aporreó Madrid. Y lo dejó más malherido de lo que dejaban los bolsazos de Granny al pardillo de Sylvester. El coro de los polluelos se lo pasaba en grande y, de paso, promocionaba a la familia. Se llama nueva política: no hay más representación que la de los televisores.

Después de eso, la lección fue aprendida. Éste es el nivel intelectual de nuestro electorado: tomémoslo como modelo. En 2019, el PSOE apuesta como alcalde de Madrid, no por un monigotito de la Warner. Apuesta por un baloncestista de éxito. Al espectáculo infantil sucede el espectáculo adolescente. Queda por saber cuál de los dos se acerca más a la edad mental de los votantes. Se admiten apuestas. La coreografía de los concejales socialistas haciendo la ola en los plenos municipales estará, en todo caso, a la altura de las rosquillas de Carmena. Seguro. Ha llegado el momento de plantearnos la pregunta decisiva: ¿para cuándo Belén Esteban

presidenta? Arrasaría. No creo que nadie tenga la menor duda: la política es hoy una prótesis menor de los televisores.

En la España de los años treinta, ocupaban escaño en el Parlamento sujetos que se llamaban Miguel de Unamuno, Julián Besteiro, José Ortega y Gasset, Manuel Azaña, Ramiro de Maeztu…: las mejores cabezas de la España contemporánea, las mejores cabezas de la Europa de su tiempo. Comparen eso con los Iglesias, Garzones, Monteros, Sanchezes, Rufianes… Y si logran contener el llanto es que son ustedes más duros que Sonny Liston.

Y nadie piense que este gran circo es cosa sólo de la subespecie política. 2018, Feria del Libro en Madrid, kilométricas colas ante una caseta. Pregunto a un amigo librero. « ¡Ah, sí, es una influencer!». « ¿Y en qué influencia?». «En maquillaje». «No se hable más, entonces. Es el futuro». Supongo que será ya ministra de algo.

Gabriel Albiac.

Articulista de Opinión.
Nunca se fue..................
El mitin de los Goya.

No pienso perderme los Goya porque no sé contra quién será este año el habitual mitin.

Antonio Burgos.

Actualizado:

30/01/2019 01:37h.

En España hay ritualmente grandes mítines: el de cierre de campaña del PSOE, el del PP en Madrid y, si cae, algo en Vista Alegre de Podemos. Estos mítines los organizan los partidos y los pagan ellos, aunque sea con nuestro dinero a través de las subvenciones. Pero hay un mitin anual que, como suele decirse en Tertulianés, «tiene otro formato». Y es tan ritual como los que acabo de citar. Me refiero al mitin de la entrega de los premios Goya, donde todo el que se tiene por un genio del cine, al recoger su estatuilla si lo galardonan, se siente en la obligación de largar fiesta contra lo que se lleve ese año en la izquierda. Por no hablar de los propios presentadores de la gala, que interpretan un guión que tiene mucho de argumentario del día, como los que reciben los dirigentes de los partidos para que no se metan en contraflecha y sigan el canto llano de lo que hay que decir contra el adversario.

Los mítines de entrega de los premios Goya son ya tan antiguos como el hilo negro. Empezaron cuando a algún genio de la propaganda, en la que la izquierda española es de Oscar al mejor guión, se le ocurrió convertir la ceremonia de la entrega en un mitin contra Aznar, entonces presidente, y contra la guerra de Irak, de la que todavía Zapatero no había retirado a nuestras tropas en menos de horas veinticuatro nada más ser investido. Aunque en la invitación a la gala ponía, supongo, que la etiqueta era esmoquin para los caballeros y traje largo para las señoras, lo que fue obligatorio en verdad fue la pegatina del «No a la guerra», que todo el mundo lució y que TVE llevó en directo a todos los hogares españoles.

Este año la entrega de los premios Goya sale de Madrid y la ceremonia de los que se ponen la camiseta negra en vez del esmoquin (porque es más progre) se celebrará en Sevilla. Donde hay una partida importante de catetos contentísimos con que los premios Goya (sin premio) vengan a su tierra. Hasta han puesto a la Torre del Oro al servicio de los Goya, como pantalla para una proyección con el título de los premios e iluminándola de rojo. Color más adecuado no han podido hallar. Los Goya, como la Academia de Cine que los otorga, como el subvencionadísimo cinematógrafo nacional que casi nadie ve, está en manos de la izquierda. Y hasta hemos exportado el modelo Goya a Estados Unidos, donde la entrega de los Oscar también suele convertirse en un mitin contra algo derechoso. Hasta el punto de que oí el otro día que un actor nominado este año para un Oscar lo tenía muy difícil, porque había hecho campaña a favor de Trump.

No sé cuánto nos cuesta cada año que por TVE una serie de engreídos que se creen genios del cine celebren su habitual mitin contra lo que le interese en ese momento al PSOE, a IU o a Podemos, en cuyas estribaciones andar suelen. Debe de ser una cifra bastante superior a los ridículos 65.000 euros que los Presupuestos del Estado consignan para la Tauromaquia. De otra forma no me explico que anden ya poniendo los paños calientes de que los Goya van dejar en Sevilla un lucro de cinco millones de euros, ni uno más ni uno menos: ya lo saben con toda exactitud, como los coches que van a moverse en la próxima Operación Salida de las vacaciones de Semana Santa. No pienso perderme los premios Goya porque no sé contra quién será este año el habitual mitin político en que se convierten. Contra el PP y Rajoy ya no, porque está en el Gobierno el PSOE y a lo mejor hasta Sánchez coge el Falcon y viene a Sevilla, codo con codo con sus huestes. Contra el PSOE, desde luego que no será. ¿Será contra los taxistas que tienen «acolapsado» Madrid ante la dejación del Gobierno? Lo dudo. No sé si se admiten apuestas, pero me pongo lo que sea a que este año la gala de los Goya será un horterísimo y pretencioso mitin contra Vox.

Antonio Burgos.

Articulista de Opinión.
Cutre, muy cutre.

Fue mezquino defender a Sánchez hablando de Rajoy y alcohol.

Luis Ventoso.

Actualizado:

29/01/2019 01:12h.

EL 5 de enero, en plenas vacaciones navideñas, la vicepresidenta Carmen Calvo descansaba en casa, en su ciudad natal de Cabra (Córdoba), cuando un urgente asunto de Estado irrumpió en su asueto. Al instante, en pantuflas y desde su sofá doméstico, trasladó a la Fiscalía una gravísima ofensa contra Sánchez, a su juicio susceptible de delito. Durante un par de horas, el PP - ¡horror!- había subido a su cuenta de Twitter un chiste macabro sobre el presidente progresista de todas y todos, obra de un cómico sevillano que simulaba leer la siguiente carta a los Reyes: «Queridos Reyes Magos: Mi cantante preferida era Amy Winehouse, y te la llevaste. Mi actor favorito era Robin Williams, y te lo llevaste. Mi humorista favorito era Chiquito, y también te lo llevaste. Solo te escribo para decirte que mi presidente favorito es... Sánchez».

El PP borró el tuit enseguida y pidió disculpas. El chiste, malillo y más viejo que el gramófono, se había hecho antes a costa de otros políticos, como Zapatero, Rajoy o Macri, que lógicamente ni se fijaron. Pero Sánchez levita sobre un pedestal labrado en ego y postureo, así que esta vez el chiste pasó a constituir un ataque delictivo contra el honor de El Presidente (por cierto, ese mismo Sánchez, cuando era otra persona, que diría Celaá, había salido a defender al rapero Valtonyc tras su condena por recomendar una bomba de nitroglicerina en un bus del PP).

En España el «ofensómetro» se calibra de manera distinta según la faltada provenga de derecha o izquierda. Ayer, la portavoz adjunta del PSOE en el Congreso, la ibicenca Sofía Hernanz, participaba en un debate en la Cámara sobre la adicción de Sánchez al Falcon, el helicóptero y a conocer el mundo a costa de nuestros impuestos. Ante las críticas del PP, la diputada socialista defendió a su jefe alegando que Sánchez viaja lo mismo que Rajoy, pero «sin el avituallamiento extra de vino y whisky». El comentario resulta de una vileza notable, pues sin prueba ni necesidad alguna siembra la especie de que el anterior del Gobierno tenía problemas con el morapio. Imaginemos que un destacado diputado del PP hubiese acusado a Carmen Calvo, o a su predecesora De la Vega, de atizarle al whisky en los vuelos oficiales. Twitter ardería de ira justiciera y feminista. Los tertulianos se estremecerían de estupor.

Lo que se debatía ayer en el Congreso era otra cosa: un presidente que utilizó el avión oficial para pegarse una fiestuqui con su mujer en un concierto de rock, y que programa viajes estériles al exterior para darse pote mientras desatiende la agenda interna. Un escapista que para evitar una comparecencia en el Senado sobre sus tratos secretos con Torra se largó a Davos dos días (a informar al capital global de que gracias a él España creará este año 120.000 empleos menos). Un personaje que vuela en helicóptero oficial a la boda de su cuñado y se niega a informar del coste.

Pero para el coro de un Gobierno que no existe -véase el taxi- el problema radica en si Rajoy se tomaba un vino en el avión, algo que no sé si hacía, pero que nada tendría de extraordinario. Y que le pregunten a Churchill, un estadista a la altura incluso del mismísimo Sánchez.

Luis Ventoso.

Director Adjunto.
Era muy fácil.

Nuevo regate de Sánchez en lugar de romper ya con Maduro.

Luis Ventoso.

Actualizado:

27/01/2019 00:13h.

Sánchez, ese valiente que se bate a brazo partido contra el espectro de Franco, muerto hace 43 años, es incapaz de cortar rápido y rotundamente con la atrabiliaria y cruel dictadura de Nicolás Maduro. Ayer recurrió a otro rebuscado regate dialéctico para evitar reconocer al presidente provisional Juan Guaidó y romper así toda amarra con Maduro, cabeza visible de una narco dictadura que ha destrozado Venezuela. Sánchez, el supuesto líder «progresista» para «todas y todos», el rey del Falcon, el pensador que acude a Davos a arreglar el mundo -pero que se niega a explicar en el Senado sus cambalaches secretos con Torra-, resulta que no se atreve a condenar con claridad y energía a un tirano excéntrico e incompetente. No osa a desmarcarse de un sátrapa que usurpa la presidencia tras unas elecciones-pucherazo en las que solo concurrió él, que se ha inventado un Parlamento a su medida tras perder la mayoría en el legítimo.

A pesar de algunos tics antiespañoles, nuestro país conserva un importante ascendente en Hispanoamérica. Además, esta crisis la sentimos como propia, y más cuando una creciente colonia de venezolanos nos han elegido como tierra de refugio (es la comunidad de inmigrantes que más crece en España y aquí viven los padres de Guaidó y Leopoldo López). Así que Sánchez lo tenía fácil cuando compareció ayer en La Moncloa para fijar su posición. Bastaba con que dijese algo así: «Nicolás Maduro gobierna Venezuela de manera dictatorial e ilegal tras haber vulnerado la legalidad constitucional de su país. Además, su tiranía ha sumido a su país en el desabastecimiento, la híper inflación y la miseria y ha provocado el éxodo del 10% de la población. Por todo ello, España se ve obligada a condenar a un régimen que ha acabado con las libertades en Venezuela y reconoce como nuevo mandatario a Juan Guaidó, legítimo presidente provisional de conformidad con la Constitución vigente en su país, esa que Maduro ha incumplido. Por último, como país de referencia en la UE para las relaciones con Hispanoamérica, recomendamos a nuestros socios europeos que reconozcan también al presidente provisional Guaidó, que debe convocar unas elecciones libres e inmediatas». Así de sencillo y honorable, tal y como le pedía Felipe González. Pero no pudo ser. Maduro es un dictador... de izquierdas, y además se trata del padrino de Podemos, el socio de Sánchez. Toca caminar de puntillas.

Pedir a Maduro que convoque elecciones, como hizo Sánchez ayer, equivale a darle cuartelillo, pues supone asumir que tiene derecho a seguir dirigiendo Venezuela. Es notable que Sánchez no repare en que el argumento que otorga legitimidad a Guaidó es el mismo que le permite a él presidir España. Ninguno de los dos ha ganado su presidencia en las urnas, pero ambos la ostentan porque así lo prevén los arreglos constitucionales de sus países para determinadas circunstancias.

Venezuela necesita unas elecciones, ciertamente. Y España también, y con urgencia, porque no es justo seguir bajo el capricho de un prestidigitador de ideario de goma, principios multiusos y verdades elásticas.

Luis Ventoso.

Director Adjunto.
Madrastra patria.

El amparo de España se echa de menos cuando tantos venezolanos demócratas se están jugando literalmente el pellejo.

Ignacio Camacho.

Actualizado:

25/01/2019 00:57h.

Si ha habido un golpe de Estado reciente en Venezuela fue el que organizó Maduro para atornillarse en la presidencia. Mandó a un Parlamento ya disuelto nombrar un Tribunal Supremo de su cuerda, suprimió el referéndum que iba a revocarlo y por último, como la oposición controlaba por amplia mayoría la asamblea, se inventó una cámara constituyente paralela. Todo en los últimos años ha sido un despropósito, incluidas las elecciones presidenciales que ganó por práctica incomparecencia, dado que los partidos adversarios habían sido dados de baja en una criba previa. Al menos Chávez siempre procuró una cierta formalidad democrática para mantener las apariencias. Su sucesor no se ha molestado en disimular la conversión del régimen autoritario en una tiranía bananera, con presos políticos, brigadas de presión callejera y éxodo masivo de una población desesperada ante la galopante pobreza. Los mediadores internacionales, excepto Zapatero -él sabrá por qué-, se han cansado de malgastar fuerzas en un simulacro de negociación sin voluntad de avenencia. El país vive hace tiempo en un conflicto civil que sólo de milagro no se ha convertido en guerra abierta. Y el Gobierno ha abierto bases a Rusia para tratar de amedrentar a Trump y a la siempre pusilánime Unión Europea.

La autoproclama del opositor Guaidó, líder de la única mayoría legítima, es como poco extraña porque todo es irregular en este marco, un caos en el que el tardochavismo ha convertido su propia Constitución en papel mojado. Pero las principales naciones libres del continente le han dado su respaldo y la UE se lo acabará expresando cuando se sacuda su rutinario apocamiento diplomático. España, de la que se espera una natural posición de referencia en asuntos latinoamericanos, puede hacer al respecto dos cosas: impulsar desde su autoridad moral y política un proceso de transición con elecciones libres o cruzarse de brazos, que es lo que hasta el momento ha hecho Sánchez mirando de reojo a sus socios bolivarianos. Al presidente debe de producirle urticaria que Rivera y Casado coincidan con la opinión de un Felipe González al que es imposible escuchar sin sentir nostalgia de su liderazgo.

El Gobierno bonito tiene una oportunidad de demostrar si sabe desenvolverse en problemas feos, aunque para ello tenga que desmarcarse de sus aliados de Podemos, últimos mercenarios del chavismo irredento. La cuestión esencial no consiste tanto en reconocer a Guaidó, si bien se debería empezar por eso, como en aislar a Maduro para quitarle cualquier esperanza de amparo europeo y otorgársela en cambio a los venezolanos demócratas que se juegan literalmente el pellejo. Eso es exactamente lo que han hecho sus colegas argentinos, ecuatorianos, brasileños, estadounidenses, colombianos, canadienses o chilenos. A la madre patria se la está echando de menos: una cosa es la prudencia y otra el mamoneo.

Ignacio Camacho.

Articulista de Opinión.