Columnistas y Tertulianos

VIDAS EJEMPLARES....

VIDAS EJEMPLARES.

Loor al pirata.

No estaría mal un Vizconde de Sabina, como Isabel II tiene a sus «sires»

Luis Ventoso.

Actualizado: 13/02/2020 23:51h.

Con 71 tacos recién estrenados y un chasis más baqueteado que el telefonillo aifon que se me ahogó el otro día en el lavabo, el poeta ubetense Joaquín Ramón Martínez Sabina no está como para la maratón. Así que al país se le puso el alma en un puño cuando el miércoles hizo un Spiderman de dos metros desde el escenario del Palacio de los Deportes de Madrid. Sabina, artista ecuménico, supera barreras sociales e ideológicas. He conocido a yonquis y pijolines que bisbiseaban sus versos con idéntica devoción. España es ese país que se divide entre los «muy de Sabina» y «los de Sabina». Milito en el segundo grupo -me parece que la música flojea-, pero me gana el salero popular de sus pareados y el personaje, un culto acanallado, nunca pedante y siempre ocurrente. Además, a diferencia de petardos y petardas que todos conocemos, es un izquierdista que quiere a su país. En pleno golpe separatista, mientras otros se escaqueaban, él era claro: «Estoy radicalmente en contra de alguien que quiere hacer una patria pequeñita teniendo una tan grande».
Sabina tiene seis gatos -que juntos no suman más vidas extras que él-, dos hijas, una biblioteca enorme y una entretenida colección de amores (hasta que hace 20 años aterrizó en la comprensión de Jimena Coronado, una fotógrafa hija de un gobernador del Banco Central de Perú). No tiene miedo a morir, pero sí le aterraría quedarse ciego, porque no podría leer. Compra tres periódicos al día y se los empolla un par de horas. Dispone de tiempo para pensar, porque como el maestro Garci es un privilegiado que no gasta ni móvil ni internete. Joaquín es hijo de Jerónimo, un inspector de policía colgado de San Juan de la Cruz, y de Adela, ama de casa. Estudió en los salesianos de Úbeda y lo de ser niño no le gustaba. Vio el cielo abierto cuando se largó a estudiar Filología Románica a Granada y tuvo en su mano la llave de una fonda. Enrolado en grupos antifranquistas, hubo de escapar pitando a Londres. Allá vivió como pudo -aunque con el colchón de seguridad de una novieta inglesa-; cantó en los bares y George Harrison le soltó un día una propina de cinco libras, fue maquillador de muertos, hombre-anuncio y okupa, «antes de que se inventase la palabra». Luego empezó a componer y fundió lo que había ido absorbiendo en libros y discos, con Cohen, Dylan y Brassens en el altar.

Su arte ha mejorado con la edad, como el vino (aunque él es de tequila). Tímido con vena golfa y fondo de orden, sus años expansivos son legendarios, con sus ímpetus nasales, el JB, el Ducados perpetuo y medio Madrid con llave de su piso de Tirso. Tales proezas cristalizaron en 2001 en un ictus, que con sarcasmo sobrado llamó «el marichalazo». Desde entonces lleva veinte años haciendo que deja de fumar y sube al escenario mermado, pero heroico, como esos toreros casi artríticos que arrancan un pase único.

Sabina es patrimonio nacional. Sería un detalle que Felipe VI crease al Vizconde de Sabina, como hizo su padre con los marqueses Del Bosque y Vargas-Llosa, o como hace Isabel II cuando eleva a «sires» a los artistas que laten en el corazón del pueblo.

Luis Ventoso.

Director Adjunto.