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Este escrito, se lo he robado a mi amiga Carmen de...

Este escrito, se lo he robado a mi amiga Carmen de su Facebook...

Hay un cierto café, muy chapado a la antigua, decorado con gustos afrancesdos y frecuentados por esa clase de gente con delirios de grandeza, su nombre? se llama el café de poniente, y se ecnuentra es ese enclave perfecto en la calle Tallers, desde sus ventanales, se divisa la entrada majestuosa del palacete de la Diputación, en plena rivalidad, entre Ayuntamiento y Generalitat, un lugar precioso, donde mas de un don nadie, se las da de un gran poder, haciendo crecer en el DELIRIOS DE GRANDEZA. Estos personajes, superan a sus aptitudes reales, y acaban perdiendo la conciencia de la realidad y creerse por encima de todos lo que le rodean. Con cierta frecuencia me encuentro con ellos, y bien sea por su afán de notoriedad, o sea por efecto de una visión deformada de sí mismos y de la propia realidad, se desviven tratando de aparentar una posición social elevada, una relación directa y estrecha con personas influyentes o un conocimiento profundo de determinados asuntos inaccesibles al común de los mortales. «Ayer estuve almorzando con el alcalde y me pidió consejo sobre la nueva línea de metro», dice este. O bien, aquel otro: «Pues la semana pasada coincidí en el vuelo de Nueva York con Demi Moore; muy sencilla la chica, por cierto, pasamos un rato agradable charlando sobre sus películas». Aunque suenen a descabellados, casos como estos abundan más de lo que se pueda imaginar, hasta tal punto, que en el entorno de este café, se extiende un dicho... mas falso que el Poniente. La necesidad de darse importancia es un impulso tan poderoso que llega a traspasar las barreras del recato, de la prudencia y del sentido común. Hay seres que se sienten llamados a alguna misión providencial pero, desairados por una existencia plana y grisácea, deben conformarse con idear una especie de segunda vida donde queden colmadas sus ansias de altura. Los más conscientes de la realidad se limitan a imaginar qué harían en el caso de haber llegado hasta el lugar de sus sueños: son los fantasiosos, los que guardan la frustración para sus adentros y a lo sumo la exteriorizan de vez en cuando con un «si me dejaran a mí, solucionaba esto en un pispás». Se sienten grandes, pero se saben pequeños. Creen merecer más, pero se resignan a menos aunque no pierdan la oportunidad de manifestar su descontento contra este mundo injusto donde Dios da pan a quien no tiene dientes y en cambio nadie premia a las personas de mérito. Ellos se comportaán siempre, como si ciertamente fueran aquello que han imaginado, como si la máscara tras la que ocultan su rostro se les hubiera quedado adherida hasta convertirse en su verdadera piel. Van algo más lejos que los mentirosos compulsivos o los mitómanos que falsean lo real para hacerlo más soportable, buscando una admiración ajena o un reconocimiento social que no han logrado obtener de otro modo. Han ingresado en el peligroso dominio de la paranoia. Son auténticos lunáticos aquejados de delirios de grandeza con los que han ido urdiendo una nueva personalidad, tan confortable para ellos mismos como insoportable para quienes les rodean. Esta clase de trastornos delirantes consiste, según los psiquiatras, en desarrollar ideas bien estructuradas y persistentes basadas en la sobrestimación infundada de las propias capacidades. Pertenecen al mismo grupo de anomalías que la obsesión persecutoria (creencia de estar vigilado o acosado por alguien que pretende causarnos daño), la hipocondría (creencia de sufrir enfermedades graves) o la erotomanía (creencia de que alguien está perdidamente enamorado de nosotros) y, como todas ellas, parten de una pensamiento absurdo alrededor del cual la mente va formando un sistema coherente en el que los hechos y los juicios se encadenan con una lógica sin grietas ni fisuras. Dicho de otro modo: el loco acaba creyéndose sus propias mentiras porque, sumadas unas a otras, dan la impresión de verdad. El aquejado de delirios de grandeza se mueve en la contradicción de su baja autoestima -que le lleva a necesitar la aprobación ajena- y un profundo narcisismo. Pero, a diferencia del narcisista puro, que trata de ser simpático, el megalómano pretende sentirse por encima de todo poderoso. Su obsesión es aparentar que goza de influencias, que se mueve en las altas esferas, que tiene amistades distinguidas y ve abiertas a su paso todas las puertas.