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EDITORIAL ABC.

El daño a España ya está causado.

En su pulso personal, la transparencia de Sánchez e Iglesias se ha limitado a desafiarse en público y a filtrar documentos y conversaciones de manera sesgada y hostil.

ABC.

Actualizado:

24/07/2019 23:42h.

A solo unas horas de que se celebre en el Congreso la segunda votación del debate de investidura de Pedro Sánchez, que previsiblemente se saldará con una nueva derrota del candidato y un rebrote de la tensión entre quienes hasta no hace mucho se consideraban «socios preferentes», el esperpento vivido en los últimos días arroja irremisiblemente consecuencias nocivas para nuestro sistema institucional. En primer lugar, es indigno el espectáculo de oscurantismo mostrado por Sánchez e Iglesias -cuya transparencia se ha limitado a desafiarse en público y a filtrar documentos y conversaciones de manera sesgada y hostil-, una opacidad basada en el reparto de cargos y no en un proyecto acorde con las necesidades sociales, económicas y de estabilidad de España. Nada queda de aquel Iglesias que iba a revolucionar la política sin negociar en «despachos con moqueta o en los reservados de los restaurantes». Iglesias es un conspirador nato y el instigador de este juego de intrigas y obsesiones personales, carente de la transparencia y el respeto que merecen los españoles. Todo ello, con la complicidad de un Sánchez superado por las circunstancias y debilitado. Anoche, la cerrazón entre ambos provocó la ruptura.

En segundo lugar, lo vivido durante la sesión de investidura, con Sánchez humillado ante Bildu y comprensivo con los separatistas, deja a los partidos constitucionalistas en un plano de aparente inferioridad respecto a las minorías. PSOE, PP y Cs alcanzarían una mayoría política infinitamente más solvente, que permitiría lograr pactos de Estado esenciales. Pero Sánchez no ha ofrecido nada en esa línea. Solo ha exigido una investidura gratis, y ha vuelto a abrirse sin complejos a partidos que quieren aniquilar los consensos constitucionales. Esa sumisión ya ha causado daños que amenazan con ser irreparables.

Y en tercer lugar, en España ha calado la idea de que celebrar otras elecciones sería un fracaso colectivo, una tragedia para el sistema y un fraude a los españoles, y que cualquier mayoría siempre será mejor opción que retornar a las urnas. La premisa, cultivada por la izquierda como coartada para justificar un gobierno débil, extremista e inestable, es falsa. Nuestro sistema puede ser imperfecto, y sería razonable idear la fórmula que impidiese bloquear la investidura, incluso abordar una reforma electoral contra esta parálisis. Si se convocaran unas nuevas elecciones no serían la consecuencia de un fallo colectivo, sino como consecuencia del fracaso de una formulación de gobierno imposible y perjudicial para todos. Empezando por el propio PSOE, que se ha sumado con gusto a las consultas-farsa de Podemos. «Democracia interna en diferido» deberían llamarlo.

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