La Poesía

LA CORTEZA DE LA ENCINA

LA CORTEZA DE LA ENCINA

Como ajuyen las cigüeñas
cuando llegan las llovignas del otoño,
queando solos en la torre de l’iglesia
los ramajos retorcíos,
con su ergullo destrozao y sin gorvé la vista atrás,
baj’un cielo engalanao
con los rayos de luceros encendíos,
rebujando entre sus brazos a su hija
y arropá con las tinieblas de la noche
s’escapó sin más aviso,
bordeando los sembraos
y escondiéndose a lo lejos por detrás de los olivos.

Lo mesmito que las flores colorás
desperdigás po los trigales,
s’esparraman los suspiros de su rabia contenía,
ajogando entre sollozos
la fatiga del peó de sus pesares.
Y el coraje del doló de su abandono,
y el sufrimiento enreao con la saliva
s’añugaba’n su gagnate
como’l cacho de corteza d’una encina.

Mu bajino reventaba su lamento
con la vos enrrabietá y acallaína:
- “Ya está bien de soportá sus malos modos.
S’acabaron los disprecios y las riñas.”

Y se jué camino alante
caldeando con mil besos los carrillos de su hija;
y sus lágrimas salaban los recuerdos
de la vos de la experencia de su madre, cuando icía:
- “Este noviajo tan corto
m’está dando mala espina.
¡Aguanta un poco y espera!
¡No te cases entoavía!
¡Pa’l casorio ya habrá tiempo!
¡Éjate de tanta priesa!”

Y queándose pará miró pa’l cielo
y endispués pa la cara de la niña.
Con susurros remordíos
que jervían como’l caldo d’un puchero
calentao en las brasas encendías,
juró y perjuró por tós sus muertos
qu’enjamás de los jamases gorvería
a pisá ni los umbrales de la casa
d’aquel hombre de patrañas y mentiras.

Dispués d’una noche larga,
los luceros, las estrellas y la luna
apagaban sus candiles con el alba;
y los pardos gorriatos chiqueninos
se jacían ringurangos y jormaban su jarana
alborotando las hojas
remojás por el resencio que goteaba entre las ramas,
salpicándose’l rocío
pa quitase de los ojos las legañas.

Las tinieblas s’ajuían po los cerros
y pa’l cielo se perdían las neblinas;
a lo lejos s’ascuchaban los ladríos tempraneros
de mastines qu’azuzaban los ganaos
como naide pué jaceglo;
las lechuzas y los búhos se durmían
al marchase las negruras de los cielos,
cuando’l sol desperezaba clareando,
reguñendo con la luna, con la noche y con el sueño.

Agotá de tantas horas
pateando por senderos y caminos,
con las juellas por to’l cuerpo
de las zurras que le daba su marío,
jarta ya de los risorios y las bulras
qu’en el pueblo se traían los vecinos,
güerve a casa de sus padres, con su hija,
dispreciando aquel cariño sin sentío.

Dende lejos diquelaba ya el cortijo,
s’arrellenó baj’un árbol, mu cansina,
recostándose’n el tronco
y atusándole los pelos a la niña.

Con los ojos coloraos por el llanto,
sonriyó con los recuerdos d’otros días
en la pas d’aquellos campos
y al caló de su familia;
y sintió cómo la juerza de la sangre
le raspaba po las venas como lija,
más qu’el roce de su cara
en la rúspera corteza de la encina.

Javier Feijóo