Opinión, repasando columnas

VIVIMOS COMO SUIZOS....

VIVIMOS COMO SUIZOS.

Chimpancitos.

La única supremacía blanca que reconozco es la de David Beckham vestido de campo.

Rosa Belmonte.

Actualizado: 29/06/2020 23:37h.

A veces la mejor residencia es una residencia quemada. No hablo de añadir más desgracias a las desgracias. Tampoco hablo como aquel abogado de mafiosos que aseguraba en la Escuela de Práctica Jurídica que la mejor defensa solía ser pegar fuego al sumario. No, hablo de Sophia Petrillo, que se fue a vivir a la casa de Blanche, Rose y su hija Dorothy cuando se quemó la residencia donde vivía. Bueno, la casa era de Blanche, que puso un anuncio al que respondieron las otras dos (eso había pasado un año antes de que las conociéramos). Y así, «Las chicas de oro», creada por la gran Susan Harris, fue una serie en la que tres viudas y una divorciada compartían casa en Miami. Suele ser tema de conversación entre mis amigos. Lo de buscarnos un chozo donde pasar juntos la vejez. Pero en Miami hace demasiado calor. Y no tenemos intención de ir a un país del tercer mundo. Mucha NASA, mucho MIT, mucha separación de poderes, pero es un país más atrasado que la España de los torreznos.
«Las chicas de oro» se han unido (las han unido) a John Wayne, «Lo que el viento se llevó», «30 Rock», los Conguitos y las cosas demoníacas que se hayan añadido desde que escribo hasta que esto se publica. Episodio retirado por Hulu, la plataforma, ya saben. Uno de «blackface». En ese capítulo, titulado «Mixed Blessings» (1988), el hijo de Dorothy se echa una novia negra mayor que él (lo de mayor le molesta más). La madre de la chica era Virginia Capers, una actriz de culo gordo como Isco a la que hemos visto en multitud de series (era la abuela paterna de Carlton, Ashley y Nicky en «El príncipe de Bel Air»). La escena conflictiva se produce cuando Virgina Capers y su familia se presentan en la casa y aparecen Blanche y Rose con una mascarilla en la cara. De las de crema, no de las de ahora. Si hubiese sido verde habría molestado a Diana, la lagarta de «V», pero como es marrón es «blackface». Lo cierto es que en eso consiste el gag, en la incorrección de lo que está pasando, incluso en 1985. Blanche y Rose se dan cuenta de ello, no sólo la familia negra. Desde luego, la escena es de soltar carcajadas. Y no me voy a disculpar.

Pero tampoco voy a ir por ahí comiendo Conguitos como los señores de Vox. Sólo creo en la supremacía blanca de David Beckham vestido de campo. Y claro que voy a reivindicar los cacahuetes cubiertos de chocolate. Los m&m’s para quien los quiera. Pero si ahora se llaman Don Limpio o aeropuerto Adolfo Suárez lo mismo me va a dar. Aunque me gustaba la idea de los Chimpancitos, que imitaban a los Conguitos. Hubo pleito. Lo gracioso es que Lacasa ha aclarado que los Conguitos son cacahuetes, no personas (ante la campaña en contra de Change. org: como diría Titania McGrath, «las redes sociales han posibilitado que demostremos lo íntegros que somos sin tener que hacer nada en absoluto»). Lo curioso es que cuando el pleito con Chimpacitos (se parecían en todo, hasta en el envase), el Tribunal Supremo acabo dictaminando: «En el certificado del Registro de la Propiedad Industrial se describe el gráfico de tres africanos, sin referencia a color o envase…». Mmm, tres africanos. Pero tampoco eso cambia nada. Sigue escandalizándome más que la piña de los Fruitis se llame Gazpacho y tenga acento andaluz.

Y claro que estamos hablando de idioteces en lugar de cosas importantes. Pero es que llega L’Oréal y decide retirar los términos blanco, blanqueador y claro de todos sus productos destinados a homogeneizar la piel. Cualquier día a Betty White, la única de las chicas de oro que queda viva, le afean el apellido.

Rosa Belmonte.

Articulista de Opinión.