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EDITORIAL.

Un indulto ideológico.

En la medida de gracia aplicada a Juana Rivas hay mucho de perversión social del concepto mismo del delito. ¿El Consejo de Ministros habría indultado a un hombre que secuestró a sus hijos?

Editorial ABC.

Actualizado: 17/11/2021 08:17h.

EL indulto parcial concedido por el Gobierno a Juana Rivas, condenada en 2018 a dos años y seis meses de prisión por la sustracción de sus dos hijos menores, es una medida de gracia que, en términos acuñados en su día por Rodríguez Zapatero, es discutida y discutible. A los ojos de la opinión pública, y gracias a un andamiaje emocional construido por la izquierda en su defensa, Rivas se convirtió en un icono de la lucha feminista contra lo que se ha denominado el ‘heteropatriarcado’ abusivo de un padre al que rápidamente se le despojó de sus derechos. Pronto se retrató a Juana Rivas como una víctima del sistema al que un exmarido presuntamente maltratador -algo nunca acreditado- quería arrebatarle a sus hijos, y ella solo se defendía de una injusticia.

Se fabricó una realidad paralela basada en la presunción de que el varón era culpable sin permitirle ningún margen de legítima defensa ante la opinión pública.

Todo fue un fraude, pero la maquinaria ya estaba puesta en marcha cuando Rivas denunció a su pareja. Su versión de los hechos respecto a los menores no solo estaba edulcorada. Era incierta, y fue ella quien se adueñó de sus hijos hurtando forzosamente a su marido su parte correspondiente de la potestad. De inmediato, fue convenientemente estigmatizado. En realidad, todo ha sido un proceso de perversión ideológica de un delito cometido por Rivas hasta hacer de ella una mártir, y convertir este asunto en un dogma de la izquierda anulando de facto su sustracción de los menores. De repente, la de Rivas era una causa justa. Porque sí, sin matices. Porque es mujer y es madre, y por tanto gozaba a los ojos de un feminismo radicalizado de una legitimidad y una credibilidad que por sistema se les negaron al padre. Tras ver reducida su condena, el Tribunal Supremo se fracturó en dos bloques de ocho magistrados a la hora de debatir si su informe sobre el indulto era favorable o no. Por unanimidad, se le negaba el indulto total, pero se comunicó al Gobierno que la división interna era irreversible respecto al indulto parcial. Finalmente, lo previsible después de la campaña orquestada a favor de Rivas, La Moncloa se ha apresurado a aplicarle la medida de gracia.

Lo preocupante es que una determinada atmósfera viciada por los complejos de una ingeniería social doctrinaria, incluso por un concepto inquisitorial de la igualdad, pueda adueñarse de la justicia, hasta el punto de convertir en papel mojado la legalidad y el concepto mismo del castigo por la conducta ilícita cometida. Con este indulto parcial, por legal que sea, no se protege la ley, sino a un icono social construido sobre una mentira. Y además se celebra por el feminismo como un triunfo sobre una represión injusta. En cierto modo hay algo de deconstrucción de la democracia cuando se sucumbe al ambiente social dominante, y cuando una espiral del silencio frente a la corrección política recorre los medios de comunicación o las redes sociales. Hay mucho de rebaño en lo ocurrido con Juana Rivas, que tiene todo el derecho a rehacer su vida, incluso junto a sus hijos si así lo establece la ley. Pero sus derechos no están por encima de los derechos de otros. Por eso, a la inversa, cabe preguntarse si el Consejo de Ministros habría concedido un indulto parcial a un hombre que secuestró a sus hijos. Esto no va de un perdón por justicia, que incluso Rivas puede llegar a merecerlo. Va de una manipulación de la conciencia social hasta hacer creer que lo negro es blanco mientras se inculca un sentimiento de culpa colectiva por haber maltratado a una sustractora de menores.