Política

y que gane el mejor
Foto enviada por Castor

A PROPÓSITO DE LAS *ELECCIONES EN ANDALUCIA*
Por.-
Castillo Solórzano

Sevilla, antigua ciudad de nuestra España, cabeza de la Andalucía, asilo de extranjeras naciones, depósito de los ricos partos de las Indias Occidentales, madre de claros ingenios y, finalmente, patria de claras y nobles familias, lo fue también de dos hermosos sujetos: éstas eran dos damas que, por faltarles su padre (que murió en la carrera de las Indias), quedaron huérfanas en la compañía de su madre que, viuda y pobre, perdió cerca de la Habana marido y hacienda a un tiempo.
Tenía algunas deudas en Sevilla de empréstitos que la habían hecho con la esperanza de la venida de su esposo, y viéndose que si las pagaba con el poco caudalejo que tenía, se quedaban sin qué comer, determinó mudar de tierra por mudar de ventura; esto antes que se dilatase por Sevilla la muerte de su malogrado esposo.
Dudosa estuvo si su mudanza sería a Granada o a Córdoba, y estando en esta confusión, entró una anciana amiga que tenía, a quien dio cuenta de su determinación y comunicó su duda. Era la vieja de agudo ingenio y de mayor experiencia, y viendo en su amiga tal perplejidad en elegir, le dijo estas razones:
Amiga Teodora (que este era el nombre de la recién viuda), dos cosas me dan licencia para aconsejarte en tu nueva determinación: la una mi grande experiencia y la otra la amistad que contigo tengo. Siempre oí decir que en corto golfo hay poco que navegar, menos brazadas da el que nada en una breve laguna que quien se halla en un dilatado río. Granada y Córdoba no niego que no son muy buenas ciudades; aquélla, ilustrada con tantos moradores, Real Chancillería y concurso de negociantes; y ésta poblada de antiguas casas de nobles caballeros y ricos ciudadanos; mas en comparación de Madrid, corte del español monarca, cada una de estas ciudades es una aldea, ¿qué digo aldea?: un solitario cortijo.
Es Madrid un maremagno donde todo bajel navega, desde el más poderoso galeón hasta el más humilde y pequeño esquife; es el refugio de todo peregrino viviente, el amparo de todos los que la buscan; su grandeza anima a vivir en ella, su trato hechiza y su confusión alegra. ¿A qué humilde sujeto no engrandece y muda de condición para aspirar a mayor parte? ¿Qué linaje oscuro y bajo no se baptizó con nuevo apellido para pasar plaza de noble? Finalmente, Teodora, la corte es el lugar de los milagros y el centro de las transformaciones. Diote el cielo dos hijas que, a ser mías, con la hermosura de que las ha dotado, pensara llevar en cada una de ellas un Potosí de riquezas; poco he dicho, una India entera con plata, perlas, oro y piedras preciosas, que esto se alcanza con la belleza. Con una sobrina mía me hallé en Madrid, que no tenía más partes que un buen despejo y una razonable voz, y si siguiera mis consejos hoy día, manaran oro los cimientos de mi casa. ¿Qué galas no rompió?, ¿qué regalos no tuvo?, ¿qué fiesta se le escapó que no viese? En fin, Teodora, por ella y mi buena diligencia, siempre estaba en mi posada lo lucido y lo ilustre de la Corte, nada me faltó y todo lo hallé, y durara esta dicha, si este negro amor no la hechizara con el empleo de un capitán, que fue su total destruición y la mía, pues nos jugó cuanto adquirimos y al cabo fue la causa de su muerte. ¡Mal hayan estos amores particulares que tan caro cuestan a las que en general son damas de placer en la Corte! Pues si esta moza, con tan pocas partes, hizo la riza que ves, con dos portentos de hermosura, dos prodigios de beldad en que entres en Madrid, ¿qué no te puedes prometer, y más con las accidentales gracias que han adquirido? Desde aquí puedes poner por súbdita la juventud de Madrid, así noble como rica, porque lo demás ayuda al aplauso, mas no aumenta el provecho. ¿Qué justicia no tendrás de tu parte?, ¿qué galas no vestirán tus hijas? Las que no quisieren. Acabo mi discurso con que no dilates el ponerte en camino, que todo cuanto tardas en llegar a la Corte pierdes de tus aumentos. ¡Oh, cuán importante te fuera mi compañía y consejo allá para tomar la altura de las cosas y los fondos a todas ellas! Mas hállome en los últimos tercios de mi vida y he hecho mi retirada a echarme ya a morir; con todo, te daré una instrucción que te será importante para que te gobiernes y precisa para que adquieras hacienda.
Estimó en mucho Teodora los consejos de la anciana y con su persuasión mudó de intento y enderezó proas a Madrid, esperando con los advertidos documentos que le prometió verse de buena ventura, y así acomodando su ropa en un carro de los del ordinario de Sevilla, y asimismo sus personas, se pusieron en camino de Madrid, no olvidándose de llevar la instrucción de la taimada vieja amiga suya.