una gran madre

En su juventud era menuda, muy graciosa, algo atractiva,...

En su juventud era menuda, muy graciosa, algo atractiva, y derramaba sonrisa y alegría por todas partes, a pesar de no haber sido muy afortunada en su infancia, pues quedó huérfana con doce años. Pronto tuvo que convertirse en ama de casa para atender a su padre y a un hermano mayor que ella, que formaban el resto de la unidad familiar, pues una hermana mayor que tenia se había casado.

La suya era una casa de labor, había bestias en la cuadra, había aperos de labranza, había cabras para la leche, pollos, gallinas y conejos en el corral. Había mucho trabajo allí para una niña de 13 o 14 años, pero ella, que además era limpia como los chorros del oro, todo aquello lo sacó adelante como si fuera una mujer hecha y derecha y una ama de casa experimentada.

Tanto trabajo, tanto esfuerzo, a tan temprana edad, llegó a dañar su columna vertebral de manera que su diminuta figura empezó a perder verticalidad y fue convirtiéndose en una mujer, un poco corcovada, aun antes de sus veinte años. Pero jamás esto fue motivo para que ella dejase de trabajar, incesantemente, ni manifestase el más mínimo dolor o limitación, en su condición física.

Se casó en plena guerra civil, en aquellos difíciles momentos, su marido en el frente, tuvo que empezar a llevar por delante la casa de su padre, y la suya propia y aumentó su responsabilidad y su trabajo y esto hizo de ella una mujer totalmente entregada a su casa, sus hijos, pues tuvo dos hijo e hija, su esposo y su padre. Ella tenía una única diversión ver a sus hijos atendidos, cuidados y vestidos con esmero. Ver que a su marido y a su padre tampoco les faltase nada, y ver su casa limpia, ordenada, y dentro de su escaso nivel económico, perfectamente administrada.

En aquellos tiempos del 1940 a 1950, en mi pueblo no existían las conducciones de agua, había que ir al río o a la fuente cada vez que uno necesitaba agua, bien con cubos o con cántaros, según fuese agua para lavar o agua para beber. Para hacer el gazpacho, esta había que traerla en botijote la fuente, al mediodía, porque la de la fuente era fresquísima y entonces no existían los frigoríficos. Como no había tampoco lavadoras, nuestra buena mujer lavaba muy temprano en el río, yo diría que le amanecía muchos días en el río, pues así cuando llegaba la hora de levantar, lavar, vestir, peinar, hacer el desayuno, en la lumbre, y preparar a sus hijos para ir a la escuela, ella ya había terminado la colada..

Toda la familia, esposo hijos y padre, trataban de animarla para asistir a alguna fiesta, algún pequeño viaje, todo inútil, porque ella manifestaba que se encontraba muy a gusto en su casa además se sentía obligada a atender a su padre, pues siempre las dos familias vivieron en el domicilio del abuelo materno. Pero en verdad yo creo que a ella le pasaba es que sin darse cuenta se había aislado del resto del mundo y había fabricado su propio mundo: su familia, su casa y su hogar.

No voy a defender la postura de esta abnegada madre de los 50, como ejemplo de feminismo. Se que las madres de hoy dirán que aquella mujer sufrió un machismo

implacable pero lo que si era cierto es que la inmensa mayoría de las mujeres de aquella época, en mayor o menor grado, Vivian así, que la extrema dedicación, y particular actuación de la protagonista de esta historia era excesiva, de acuerdo, pero pregunto yo: ¿Era loable?, ¿Era plausible?, ¿Era correcto?.....

Esta madre no solo crió a sus hijos de la forma tan generosa que les cuento, crió también a sus nietos y también a algún biznieto, y con todos ellos lo hizo, con el mismo amor, con la misma entrega y con la misma bondad.

- Mamà por qué no nos haces el domingo un arroz
No te preocupes hijo que el domingo, si Dios quiere, lo tendrás. Y el domingo ella en el corral, con la lumbre de leña, pasando calor, en contra de todos los que trataban de convencerla de que el arroz también estaba bueno haciéndolo en la cocina, hacia el mejor arroz del mundo porque era un arroz hecho con fuego, sin prisa, y con mucho amor.

-Abuelita queremos “rosetas,” (palomitas de maíz). Esto en invierno a las once de la noche. No os preocupéis que ahora mismo os hago unas con sal y otras con azúcar.

Jamás esta santa Sra. Tuvo un mal gesto para sus hijos, o nietos, jamás tuvo malas palabras para los suyos, ni para nadie.

A mi me contaron algunos vecinos que en aquellos malos tiempos de la posguerra, en los años del hambre y la miseria, dentro de sus posibilidades, esta pequeña pero gran señora
alivió en más de una ocasión sus necesidades.

Ahora es muy mayor, ya no puede mover esas piernas que tanto subieron y bajaron por aquel caserón, desde el corral al granero pasando por la cuadra, la despensa, la cocinilla, el salón, la terraza, las salas la cámara. Ya no se puede mover, pero vive todavía en su casa paterna, la única casa que ha conocido en toda su vida, y tiene el cuidado y la paz que merece porque al lado de ella está su hija, que la asiste y vive con ella en su misma casa, y muy cerca también está su hijo, ambos pendientes para que nada le falte a esa madre tan maravillosa que Dios les dio.

Ahora estuvo muy malita su hijo, se quedó una noche a su lado, se acercó a ella y estaba fría, tenía un sudor frío. Él le pasaba la mano por aquella cara, casi descompuesta que tanto y tanto amor, había sabido transmitirle e inculcarle y le parecía, aún, la madre más guapa, más buena y más grande del mundo, y pidió a Dios que la dejara aquí, todavía un poquito más.

Y parece que Dios se lo concedió, porque su madre se recuperó, su madre sigue viviendo y él sigue disfrutando de su presencia.

¡Ah!, se me olvidaba decirles lo afortunado que me siento yo, porque esa mujer es mi madre. Publicado en le periódico Martos Actualidad el 15 de Agosto de 1999.
Hoy ya no esta conmigo pero yo la sigo queriendo y recordando como cuendo estab a mi lado. Es una pena comprobar que desde Enero de este año nadie ha mandado hasta hoy un mensaje a su madre. Parece que se nos ha olvidado que madres no hay más que una. M. Lara