"Canales-La Magdalena" Un solo pueblo

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Se llamaba Samuel

LAS FIRMAS DE HOY NAVALMORAL

"Un día su madre lo tomó de la mano y comenzaron un camino de cinco mil kilómetros (¿a dónde vamos, mamá?). Hacia la esperanza"
JOSÉ MARÍA GÓMEZ DE LA TORRE

Se llamaba Samuel. Nació pobre (mamá, tengo hambre) en un país rico en recursos naturales. Creció bajo la angustia (mamá, tengo miedo) de una guerra continua mantenida entre gobernantes corruptos con quienes pretenden sustituirlos en el latrocinio y con gentes armadas que matan, (escóndete, Samuel) secuestran y esclavizan (no hagas ruido Samuel, que no te encuentren) indiscriminadamente en el nombre de una divinidad.

Un día su madre lo tomó de la mano y comenzaron un camino de cinco mil kilómetros (¿a dónde vamos, mamá?). Hacia la esperanza.

Caminaron días y noches (estoy cansado, mamá), bajo la lluvia tropical (mamá, me duele todo), atravesaron desiertos de días tórridos (mamá, tengo sed) y noches de hielo (mamá, tengo frío). Al final llegaron a un lugar desde el que pudieron ver la tierra soñada, al otro lado de un brazo de mar. Y una noche (mamá tengo sueño) embarcaron en una patera que puso rumbo a las luces del otro lado. Mas esas luces, que parecen tan cercanas, están más lejos de lo que aparentan, con corrientes marinas adversas (mamá, me mareo) y vientos que levantan olas inmensas (mamá, mamá...) que vuelcan embarcaciones tan endebles. (Mamá, qué fría está el agua). ¡Samuel, Samuel! ¿Dónde estás, Samuel? (¡Dame la mano mamá! ¡No te hundas mamá!).

Se llamaba Samuel. Nació pobre. Su cuerpo llegó a una playa cerca del Cabo de Trafalgar. Tenía seis años. Se quedó a las puertas del paraíso con el que soñaba su madre. Un paraíso que algunos ponen todo su empeño en que no lo sea.

Sentimiento de inferioridad

Hoy no le podemos preguntar a Lucía cómo es el paraíso al que quería llegar Samuel. Y no se lo podemos preguntar porque tuvo la mala suerte de tener unos compañeros conflictivos que se metieron con ella desde la escuela hasta el instituto, hasta acabar derrotada por los acosadores que la tomaron como víctima para tapar sus propias inseguridades, sus fracasos y sus miedos.

Si. Inseguridades, fracasos y miedos. Porque a quien practica con crueldad el acoso le resulta más fácil burlarse de su víctima que enfrentarse a su propia realidad de fracasado en alguna faceta de la vida. El acosador lo es porque necesita superar un sentimiento de inferioridad, porque sabe que le falta algún atributo físico, intelectual o emocional que estima ideal, e intenta superar esa carencia resaltando con saña los defectos, reales o imaginarios, de alguien más débil. Necesita sentirse protagonista, percibirse fuerte, poderoso. Sentir superioridad cuando machaca al otro.

Cada mañana, el viaje en el autobús hasta el instituto se convertía para Lucía en una pesadilla. «Quién se va a sentar con la gorda» era el saludo habitual. La insultaban. La empujaban. Se metían con ella durante todo el trayecto. En el instituto las burlas eran continuas. A veces no la dejaban salir del WC y otras no la dejaban entrar.

A la crueldad de quienes ejercían de verdugos, hay que añadir la cobardía, el lavarse las manos del resto de compañeros, testigos del acoso, que dejaron que las cosas siguieran su curso, que no hicieron nada y que seguramente reían las "gracias" que el grupo de personajillos malnacidos ponía en las redes.

Lucía no pudo más. Se quitó la vida el pasado 10 de enero. Tenía trece años.

Imagino a sus compañeros de clase poniendo velas encendidas y flores y mensajitos en la red en plan "Lucía no te olvidamos" y lagrimitas con las que aplacar la conciencia por su cobardía, envidia, crueldad, o estupidez.

Pero hay muchas más Lucías. En cada colegio, en cada instituto. Lucías que sufren el hostigamiento de sus compañeros. Lucías que son gordas, pecosas, tímidas, torpes, que llevan gafas, aparato dental o corsé ortopédico. Lucías que sacan buenas notas. O Lucías que simplemente son Lucías o Cristinas, Aranchas, Jokin, Diegos de once años... que tampoco aguantaron más.

Me ha tocado el corazón.

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