LA CAZA...

LA CAZA

Fui yo siempre un enamorado de la caza con la escopetilla de plomos, o sea la escopeta de aire comprimido. Recuerdo a este respecto que a ello tal vez contribuyera mi amigo A. Espinosa que tenía como negocio la explotación, en domingos y fiestas, de una escopeta de esta clase que el cobraba unas monedas permitiendo que tiraras unos tiros y comprobaras cual era tu puntería o en otros casos obtuvieras algún premio por haber acertado plenamente en la diana. El como era amigo mío me dejaba muchas veces tirar sin pagar o jugarnos algo los dos a ver quien lo hacía mejor. Marchó a Barcelona hace muchos años e ignoro como estará pero creo que bien porque el era una persona muy activa y muy trabajadora, no dudo que habrá triunfado en la vida, y que hoy disfrutará de una buena jubilación. Es eso lo que espero y deseo.
Pues bien yo era cazador de aire comprimido pero luego no di el paso necesario para aficionarme a la otra caza, la caza de verdad, la de escopeta o rifle, bien porque nunca he tenido mucho tiempo de sobra, dado mis múltiples ocupaciones o tal vez porque eso de matar, aunque fuera un conejo o una perdiz, como que no me gusta mucho.
Pero bueno llegado el momento, 14 o 15 años, yo quise tener mi bautismo de fuego y le pedí a mi padre que me permitiera ir con él a alguna cacería en la que tomaba parte. Así fue y junto conmigo vino también mi amigo Antonio Marchal que iba acompañando a su hermano mayor Manolo Marchal.
Fuimos a la finca la Beata propiedad de Pepe Ocaña, o sea Pepe el de la Beata, situada en el término de Valdepeñas de Jaén. Llegamos muy temprano, en un camión, y antes de amanecer nos fuimos a hacer un rececho. O sea te pones en un puesto todo quieto y esperas que aparezcan los conejos, si aparecen, y entonces tú disparas a ver que pasa. Pues a mi me pusieron en un sitio, totalmente solo, y mi padre me dijo si matas algún conejo no te levantes, espera hasta el final para recoger las piezas porque si no espantas la caza. A mi amigo Antonio ya lo habían dejado antes en otro puesto similar al mío.
Me quedo allí, con más miedo que otra cosa, en mitad del monte, y al poco empezó a amanecer que según los cazadores era el momento álgido de este tipo de caza. Y efectivamente no habían pasado diez minutos cuando en lontananza veo algo que se movía y saltaba alegremente, efectivamente eran los conejos una banda de 5 ó 6 que aunque estaban bastante lejos, mi emoción y mis nervios no me pudieron hacer esperar, me llevo la escopeta a la cara y casi sin apuntar bien, Púm, disparo, y ¡oh! Sorpresa, el tiro fue certero y un animalito de aquellos fue abatido por mi disparo y al morir dió un salto que lo separó del suelo casi un metro. Loco perdido, llorando de alegría, no me pude contener y salí corriendo a por el conejo sin hacer caso de la recomendación y me lo llevo al puesto. Ya no volví a ver a los animales, yo estaba deseando de que vinieran a recogerme para mostrar mi trofeo y darle en los dientes a mi amigo Antonio. Vino mi padre, se alegró mucho de mi debut tan efectivo y por el camino recogimos también a Antonio. Que no llevaba nada en la mano, y yo me dije este no ha mojado, pero de pronto se agacha y coge del rabo un animal grande y me dice: Mira yo el campeón, he matado un zorro. Y la verdad es que a todos nos sorprendió y nos ganó mi amigo Antonio. Entonces se mataba sin discreción, no se protegía a ninguna especie animal.

He de decir que este fue el primer y último conejo, matado por mi, porque esta fue mi única cacería, pero la experiencia fue estupenda.