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Sé que hay momentos en la vida, que los problemas ajenos nos cansan, según el estado de ánimos

Sé que hay momentos en la vida, que los problemas ajenos nos cansan, según el estado de ánimos que tengamos, pensamos, ¡Ya bastante tengo yo con lo mío! Pero creo que en otros momentos ayuda y mucho, echar un vistazo hacia atrás para sentirnos afortunados con nuestra suerte.

Yo sé que muchos de ustedes habrán recibido esto que ahora les voy a poner, en su correo particular, yo lo he recibido varias veces, y aunque siempre me ha emocionado, tal vez hoy al recibirlo de nuevo, he sentido la necesidad de compartirlo con ustedes, por si alguno no lo ha recibido.

Espero que les guste como a mí, o por lo menos, que no les moleste que lo ponga. Gracias.
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Hace años, en los turnos de noche, yo conducía un taxi, que se convirtió en un confesionario móvil. Los pasajeros me contaban acerca de sus vidas, Escuché a varias personas que me asombraban, me ennoblecían, me hacían reír y muchos otros me deprimían.

Pero nadie me conmovió tanto como la mujer que recogí en una noche fría de diciembre.

Un día respondí a una llamada de una vivienda en un modesto sector de la ciudad.
Cuando llegué a las 2,30 de la madrugada, el lugar estaba oscuro excepto por una tenue luz en el primer piso. Bajo esas circunstancias muchos conductores esperan un minuto y se marchan.

Aunque la situación se veía peligrosa, yo caminé hasta la puerta y toqué. Un minuto, respondió una frágil voz. Pude escuchar que alguien caminaba lentamente arrastrando los pies sobre el piso, después de una larga pausa, la puerta se abrió y apareció una anciana mujer de unos ochenta años. A su lado había una pequeña maleta de nilón y una caja de cartón llena de fotos y recuerdos.
El apartamento se veía como si nadie hubiera vivido ahí durante años. Todos los muebles estaban cubiertos con sábanas, no había relojes ni cuadros en las paredes. Ella repetía su agradecimiento por mi gentileza.

No es nada le dije.

Ya en el taxi me dio un papel escrito con una dirección entonces preguntó; ¿Podría conducir por el centro?

Ese no es el camino más corto, le respondí rápidamente.

Oh, no importa, dijo ella, estoy camino del asilo y quisiera ver lo que fue mi pueblo por última vez.

La miré por el espejo retrovisor, sus ojos estaban llorosos. No tengo familia, no tengo a nadie, ella continuó, yo sé que no me queda mucho tiempo por vivir…

Tranquilamente apagué el taxímetro.

Las siguientes dos horas conduje a través de la ciudad. Ella me mostró el edificio donde había trabajado como operadora de ascensores.
Conduje por el vecindario donde ella y su esposo vivieron cuando estaban recién casados.
Me pidió que nos detuviéramos frente a un almacén de muebles donde una vez hubo un salón de baile en que ella aprendió a bailar cuando era niña; algunas veces me pedía que pasara despacio frente a un edificio en particular, Una esquina, un teatro, o por el parque, y miraba hacia la oscuridad sin decir nada.

Cuando apareció el primer rayo de sol en el horizonte, ella repentinamente dijo; Estoy cansada, ya quiero ir a descansar.

Conduje en silencio hasta la dirección que me había dado.

Dos asistentes que estaban esperándola vinieron al taxi tan pronto llegamos; eran muy amables, Abrí el maletero y llevé su equipaje hasta la puerta. La mujer se sentó en una silla de ruedas.

¿Cuánto le debo? Preguntó, buscando en su bolsa.

Nada le dije, me agaché y la abracé. Ella me sostuvo con fuerza y dijo:
¡GRACIAS, NECESITABA ESE ABRAZO!

Apreté su mano, entonces caminé hacia la luz del amanecer.
Atrás de mí una puerta se cerró, ¡Fue el sonido de una vida concluida!

De regreso a casa yo reflexionaba: ¿Qué habría pasado si a la mujer la hubiera recogido un conductor mal humorado o alguno que estuviera impaciente por terminar su turno? ¿Qué habría pasado si hubiera rehusado a coger la llamada, o hubiera esperado un minuto y me hubiera marchado?

Yo no creo que haya hecho algo más importante en mi vida.

A veces pensamos que nuestras vidas están llenas de grandes momentos, pero los más grandes momentos son los que nos atrapan desprevenidos.

Alguien tal vez no recuerde lo que hiciste o dijiste…

Pero siempre recordarán, como los hiciste sentir…

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Conserva el recuerdo del perfume de la rosa, y nunca notarás que se está marchitando.