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SEMANA SANTA-

VIERNES SANTO

Toda la liturgia de hoy es un lamento: “Se han aliado contra mí los reyes de la tierra”, “Han buscado contra mí testigos falsos”, “Se han repartido mis vestidos y se han sorteado mi túnica.
((Diviserunt sibi vestimenta mea, et super vestem meam miserunt sortem). Esas son las antífonas de los maitines, acompañadas del canto de las Lamentaciones del profeta Jeremías.

Y sigue el lamento: “Salisteis a prenderme como a un ladrón” (Tamquam ad latronem), “Alejaste de mí a mis conocidos”, “Me entregaron en manos de los inicuos” (Tradiderunt me), “Se entenebrecieron mis ojos por el llanto” (Caligaverunt óculi mei a fletu).

Las Laudes empiezan con la antífona: “A su propio Hijo no perdonó Dios, sino que lo entregó por todos nosotros” (Proprio Filio suo non pepercit), a la que sigue el salmo penitencial por excelencia, el Miserere. En las siguientes antífonas se canta la salvación del buen Ladrón (Ait latro ad latronem… Le dijo el ladrón al ladrón…) y la inscripción sobre la cruz: Posuerun super caput eius… Pusieron sobre su cabeza la causa de su muerte: Jesús Nazareno, Rey de los judíos.

A la misa de hoy la llama la liturgia, “Misa de presantificados”, porque en ella no hay consagración. Empieza con dos lecturas del Antiguo testamento, con sus respectivos cantos y oraciones, seguidas del canto de la Pasión según san Juan. Le sigue el bellísimo turno de oraciones cantadas en que no se olvida ninguna de las causas por las que reza la iglesia, alternando el canto con los silencios. Tras cada oración, el sacerdote canta: Flectamus génua (doblemos las rodillas) para que todos se arrodillen a orar un momento en silencio (alrededor de un minuto). Luego vuelve a cantar: Levate (levantaos). Se levantan todos y prosigue con la siguiente oración, y así hasta hasta 16 veces.

Sigue la adoración de la cruz, ceremonia en la que el sacerdote descubre el crucifijo que preside la celebración de la liturgia, ahora tapado con un velo morado, al tiempo que canta: “Ecce lignum crucis, He ahí el leño de la cruz en el que pendió la salvación del mundo. Venid, adorémoslo”. Mientras los fieles acuden a besar la cruz, el coro canta los célebres Improperios: “Pópule meus, quid feci tibi, aut in quo contristavi te, responde mihi: Pueblo mío, ¿qué te hice o en qué te contristé? Respóndeme”. “Porque te saqué de Egipto, preparaste una cruz para tu Salvador? Santo Dios, Santo fuerte, Santo inmortal, apiádate de nosotros” (cantado en griego y en latín). “ ¿Qué más debí hacer por ti y no hice?” Canta el Sacerdote que representa a Jesús lamentándose. Y luego de una lamentación otra y otra, y así hasta diez lamentaciones, recordando lo que hizo Dios por su pueblo.

Durante la adoración de la cruz se canta también el bellísimo “Crux fidelis inter omnes: cruz fiel, entre todos los árboles el más noble: ninguna selva da un árbol semejante por su fronda, por su flor, por su semilla. Dulce madero, dulces clavos que sostienen tan dulce peso”. Con la comunión acaba la celebración litúrgica del Viernes Santo.

Fuera de la iglesia la actividad es intensa: hoy es el gran día de los penitentes, el día de las procesiones en que nuestros antepasados exhibían públicamente su condición de condenados e imploraban el perdón. Hoy es el día del cumplimiento de las promesas más atrevidas que se hicieron en momento de desesperación, sobre todo implorando la salud propia o de los seres más queridos. Van los penitentes con la cara cubierta con sus capirotes. Muchos van descalzos, algunos con cadenas, quién con una cruz a cuestas… distintas maneras de castigar el cuerpo para liberar el espíritu. Son las procesiones más sobrecogedoras: en absoluto silencio que permite oír el pisar de los pies, el arrastrar de cadenas, un silencio roto de vez en cuando por austeras y breves intervenciones de la banda de música, o por saetas desgarradas.

Hoy es el día más abundante en procesiones, es el núcleo de la Semana Santa.