EL IMPERIO DE FELIPE II...

EL IMPERIO DE FELIPE II
¿Que era, decidme, la nación que un día reina del mundo proclamó el destino, la que por toda la Tierra extendía, su cetro de oro y su blasón divino?
Navegabas a Occidente y el vasto mar Atlántico sembrado se hallaba de su gloria y su fortuna.
Dondequiera que mires es España.
En el preciado seno de América, en Asia, en los confines de África y de Europa, allí es España.
El soberano vuelo de la atrevida fantasía, para abarcarla se cansaba en vano.
La tierra sus mineros le rendían, sus perlas el coral del Océano y cualquier nación que revolver sus olas y algún reino quiere controlar su vasta furia, siempre encontraban costas españolas.
Ahora está España, en el cieno del oprobio hundida, abandonada a la insolencia ajena, como esclava, en esta ciénaga, le aguarda, la ruda argolla y la servil cadena.
¡Que de plagas!
¡Oh Dios su aliento impuro!
La pestilente fiebre respirando, infestó el aire, emponzoñó la vida y llena de hambre enflaquecida, tendió sus brazos lívidos, tres veces del Dios Jano cuando su templo abrimos y a la furia de Marte nuestra vida de soldados españoles dimos.
Por tres veces, los dioses tutelares, su escudo protector nos niegan y soldados españoles fuimos por su mala gestión vencidos, en la superficie del Orbe y en los mares.
España se viste de funesto luto, honda tristeza, sin igual miseria, de tu vil servidumbre acerbo fruto.
Así, rota la vela, abierto el lado, pobre bajel a naufragar camina, de tormenta en tormenta despeñado, por los yermos del tempestuoso océano camina.
Ni en su popa del Estado Imperial, las guirnaldas que antes le ornaban crecen y en señal de esperanza de mejora, nuestra enseña con ira al aire ondea su tristeza.
Cesó en su dulce canto el pasajero, ahogo su vocerío el ronco marinero, terror de muerte en torno le rodea y con un terror de muerte silenciosa y fría y va a estrellarse la armada española, al desabrido Ingles bajío.
Llega el instante, que al fin habla su boca y el tirano del mundo de Occidente fiero exclama:
¡El Orbe es mío!
Bárbaro gozo en su ceñuda frente, resplandeció; como en el seno obscuro de una nube atormentada del estío y el relámpago fugaz brilla un instante, que añade el horror con centelleo sombrío.
Sus guerreros feroces, con gritos de soberbia al viento claman.
Gimen los yunques, los martillos suenan, arden las forjas.
¡Oh cobardía!
¿Acaso pensáis, que esos forjadores hacen espadas para el combate real de nuestras tierras, que ordenaba la mente del Zar de la codicia?
No le estimes tanto.
Son grilletes y esposas, cadenas que en vergonzosos lazos, que para siempre amarren los viriles brazos de los sufridos tercios españoles.
Se estremece España, del indigno rumor que cerca oía y el gran impulso de su justa saña rompió el volcán que en su interior hervía.
Sus déspotas antiguos consternados y pálidos se esconden, al resonar el eco de venganza en torno.
Desde el tajo las márgenes responden:
¡Venganza!
¿Dónde están, sagrado rio, los agravios de oprobio y de vergüenza, que nuestro bien en su insolencia ahogan?
Su gloria fue, nuestro esplendor de nación empieza.
Y tú, soldado español, orgulloso y fiero, viendo que aún existe Castilla y castellanos, precipitas al mar tus rubias hondas, diciendo, se acabaron los tiranos.
¡Oh triunfo! ¡Oh gloria! ¡Oh celestial instante!
¿Con qué puede hablar el labio mío, el nombre augusto de la patria al viento?
Yo le diré, más, no con el arpa de oro que mí cantar sonoro me custodia.
No aprisionado, en el estrecho recinto de una fanática fe de Cristo, que limita la inspiración del creyente, con el aliento del inquisidor en su real boca.
Desenterrad la lira de Tirteo y el aire abierto a la radiante lumbre del sol, en las altas cumbres del riscoso y pinífero Pirineo, allí volare él, y allí cantando con voz que atruene en rededor la sierra, lanzará por los campos castellanos los ecos de sus glorias y sus guerras.
¡Guerra, nombre tremendo, ahora sublime, único asilo y sacrosanto escudo, del ímpetu encarnizado de Felipe II, que al orbe oprime!
¡Guerra! ¡Guerra española!
En el Betis de otro Rey nefasto, alzase airada vuestra augusta sombra.
Su divina frente mostro Fernando en la Imperial Granada.
Blandió el Cid su centelleante espada, allá sobre los altos bastiones sarracenos y al paso del hijo de Jimena se alzan frente al moro los ilotas del pueblo.
En torvo ceño y desdeñosa pena, verás cómo cruza por los aires vanos el valor exhalando que se encierra, en el hueco de la tumba fría de españoles que murieron en sus guerras.
¡Guerra! ¡Porqué!
Con voz serena, veréis los campos devastar opimos, eterno objeto de ambición ajena, herencia inmensa que afanando os dimos.
Despertad, raza de héroes.
El momento llega de lanzarse a la victoria.
Que vuestro nombre eclipse nuestro nombre, que vuestra gloria humille nuestra gloria.
No existen fiestas de victoria, el altar de la patria alzado en vano, con vuestras mentes fuertes, abjurad lo que Felipe II jamás perdona.
¡Antes la muerte, que consentir ningún tirano!
Sí, lo juro, venerable sombra.
Lo jura el pueblo y se siento superior.
Dadme una lanza, ceñirme el casco fiero y fulgurante.
Vallamos al combate, si queremos venganza, y el que niegue su pecho a la esperanza, hunda en el polvo su cobarde frente.
Tal vez el poderoso torrente de la devastación y el miedo, en su espantada me llevara.
¡Qué importa!
¡Por la gloria del rey, se muere una vez!
¿No iré, expiando, a hallar a nuestros insignes mayores?
¡Salud!
¡Oh padres de la patria mía!
¡Diré salud!
La heroica España, de entre el estrago universal de tanto horror, alza una cabeza ensangrentada y vencedora de tan aciago fin y le vuelve a mostrarle a su hacienda española, sus cetros de oro y su blasón divino.
Autor:
Críspulo Cortés Cortés.
El Hombre de la Rosa.
Torrelavega 4 de octubre de 2010