Taller de aprendizaje de poesía

Soneto XII

Si para refrenar este deseo
loco, imposible, vano, temeroso,
y guarecer de un mal tan peligroso,
que es darme a entender yo lo que no creo.

No me aprovecha verme cual me veo,
o muy aventurado o muy medroso,
en tanta confusión que nunca oso
fiar el mal de mí que lo poseo,

¿qué me ha de aprovechar ver la pintura
de aquél que con las alas derretidas
cayendo, fama y nombre al mar ha dado,

y la del que su fuego y su locura
llora entre aquellas plantas conocidas
apenas en el agua resfrïado?

el Soneto XII de Garcilaso de la Vega es una obra renacentista principalmente por el tema que aborda. Amor, deseo, pasión, sufrimiento amoroso, por un lado, la razón y el equilibrio por el otro son tópicos con los que trabajaron los artistas del Renacimiento. A ello se suma la influencia de lo mitológico que le brinda al poema un realce estético y culto, además de simbolizar el conflicto sentimental que atraviesa el yo poético.
El nivel de excelencia de este escritor se visualiza en la capacidad de expresar una idea concisa pero a la vez compleja (como lo es el tema de este poema) en una forma tan estructurada como un soneto y sumarle a éste diversos recursos expresivos que le brindan belleza y su vez le otorgan sentido y significado.

(Comentario copiado)
SONETO XV (GARCILASO DE LA VEGA)

Si quejas y lamentos pueden tanto
que enfrenaron el curso de los ríos
y en los diversos montes y sombríos
los árboles movieron con su canto;

si convertieron a escuchar su llanto
los fieros tigres y peñascos fríos;
si, en fin, con menos casos que los míos
bajaron a los reinos del espanto:

¿por qué no ablandará mi trabajosa
vida, en miseria y lágrimas pasada,
un corazón comigo endurecido?

Con más piedad debria ser escuchada
la voz del que se llora por perdido
que la del que perdió y llora otra cosa.

Vega, Garcilaso de la
SONETO XI (GARCILASO DE LA VEGA)

Hermosas ninfas, que en el rio metidas,
contentas habitáis en las moradas
de relucientes piedras fabricadas
y en columnas de vidrio sostenidas,

agora estéis labrando embebecidas
o tejiendo las telas delicadas,
agora unas con otras apartadas
contándoos los amores y las vidas:

dejad un rato la labor, alzando
vuestras rubias cabezas a mirarme,
y no os detendréis mucho según ando,

que o no podréis de lástima escucharme,
o convertido en agua aquí llorando,
podréis allá despacio consolarme.

Vega, Garcilaso de la

Ninfa: cada una de las fabulosas deidades de las aguas, bosques, selvas, etc., llamadas con varios nombres, como dríade, nereida, etc
Tras diversas investigaciones y basándose, entre otros argumentos, en los versos finales de la égloga Nemoroso del poeta portugués Francisco Sá de Miranda, donde este lírico identifica a Garcilaso de la Vega con el pastor "Nemoroso" y a "Elisa" con una dama de la familia Sá, la profesora D.ª M.ª del Carmen Vaquero Serrano sostiene que la pastora Elisa de las églogas I y III de Garcilaso es D.ª Beatriz de Sá, segunda mujer de Pedro Laso de la Vega, hermano del poeta. Los versos de Sá de Miranda dicen:

Al muy antiguo aprisco
de los Lasos de Vega
por suerte el de los Sâs viste juntado.
Si cae el mal pedrisco
abrigando se allega
y canta ende el pastor, huelga el ganado.
Elisa, el tu cuidado,
que acá tanto plañiste
por muerte (ay suerte) falta,
plañiéndola en voz alta,
¿quién no plañió después do la subiste?
ISABEL de FREYRE
Mítico amor de Garcilaso

Considerada por la crítica literaria tradicional como la pastora "Elisa" de los versos garcilasianos, el amor que por ella sintió el poeta toledano no se ha podido demostrar, sino más bien ha sido producto de atribuir a Garcilaso lo que en un principio sólo se decía de Boscán
Y así se creó uno de los grandes mitos de la Literatura Española
Habiéndose casado su dama

Culpa debe ser quereros,

según lo que en mí hacéis,
mas allá lo pagaréis
do no sabrán conoceros,
por mal que me conocéis.

Por quereros, ser perdido

pensaba, que no culpado;
mas que todo lo haya sido,
así me lo habéis mostrado
que lo tengo bien sabido.

¡Quién pudiese no quereros

tanto como vos sabéis,
por holgarme que paguéis
lo que no han de conoceros
con lo que no conocéis!

Vega, Garcilaso de la
Gracias a los tres.

Un abrazo
A mi niño.

Déjame quererlo luna,
que necesito su amor
como el perfume a la flor,
déjame mecer su cuna
besar su piel de aceituna
hacer mía su sonrisa,
decir bajito a la brisa
que lo vista de ilusiones ... (ver texto completo)
Ese niño, la alegría de la casa, muy bonita poesía, a quien se la dedicas se lo merece.
ELEGÍA AL VIRREY DE NÁPOLES
Corrientes aguas puras, cristalinas,
árboles que os estáis mirando en ellas,
verde prado de fresca sombra lleno,
aves que aquí sembráis vuestras querellas,
hiedra que por los árboles caminas,
torciendo el paso por su verde seno:
yo me vi tan ajeno
del grave mal que siento,
que de puro contento
con vuestra soledad me recreaba,
donde con dulce sueño reposaba,
o con el pensamiento discurría
por donde no hallaba
sino memorias llenas d’alegría.
Y en este mismo valle, donde agora
me entristezco y me canso en el reposo,
estuve ya contento y descansado,
¡Oh bien caduco, vano y presuroso!
Acuérdome, durmiendo aquí algún hora,
que, despertando, a Elisa vi a mi lado.
¡Oh miserable hado!
¡Oh tela delicada,
antes de tiempo dada
a los agudos filos de la muerte!
Más convenible fuera aquesta suerte
a los cansados años de mi vida,
que’s más que’l hierro fuerte,
pues no la ha quebrantado tu partida.
.
¿Dó están agora aquellos claros ojos
que llevaban tras sí, como colgada,
mi alma, doquier que ellos se volvían?
¿Dó está la blanca mano delicada,
llena de vencimientos y despojos,
que de mí mis sentidos l’ofrecían?
Los cabellos que vían
con gran desprecio al oro
como a menor tesoro
¿adónde están, adónde el blanco pecho?
¿Dó la columna qu’el dorado techo
con proporción graciosa sostenía?
Aquesto todo agora ya s’encierra,
por desventura mía,
en la escura, desierta y dura tierra.
¿Quién me dijera, Elisa, vida mía,
cuando en aqueste valle al fresco viento
andábamos cogiendo tiernas flores,
que habia de ver, con largo apartamiento,
venir el triste y solitario día
que diese amargo fin a mis amores?
El cielo en mis dolores
cargó la mano tanto,
que a sempiterno llanto
y a triste soledad me ha condenado;
y lo que siento más es verme atado
a la pesada vida y enojosa,
solo, desamparado,
ciego, sin lumbre en cárcel tenebrosa.
.
Después que nos dejaste, nunca pace
en hartura el ganado ya, ni acude
el campo al labrador con mano llena;
no hay bien qu’en mal no se convierta y mude.
La mala hierba al trigo ahoga, y nace
en lugar suyo la infelice avena;
la tierra, que de buena
gana nos producía
flores con que solía
quitar en sólo vellas mil enojos,
produce agora en cambio estos abrojos,
ya de rigor d’espinas intratable.
Yo hago con mis ojos
crecer, lloviendo, el fruto miserable.
. Como al partir del sol la sombra crece,
y en cayendo su rayo, se levanta
la negra escuridad que’l mundo cubre,
de do viene el temor que nos espanta
y la medrosa forma en que s’ofrece
aquella que la noche nos encubre
hasta que’l sol descubre
su luz pura y hermosa,
tal es la tenebrosa
noche de tu partir en que he quedado
de sombra y de temor atormentado,
hasta que muerte’l tiempo determine
que a ver el deseado
sol de tu clara vista m’encamine.
Cual suele’l ruiseñor con triste canto
quejarse, entre las hojas escondido,
del duro labrador que cautamente
le despojó su caro y dulce nido
de los tiernos hijuelos entretanto
que del amado ramo estaba ausente,
y aquel dolor que siente,
con diferencia tanta
por la dulce garganta,
despide, que a su canto el aire suena,
y la callada noche no refrena
su lamentable oficio y sus querellas,
trayendo de su pena
el cielo por testigo y las estrellas,
desta manera suelto yo la rienda
a mi dolor y ansí me quejo en vano
de la dureza de la muerte airada;
ella en mi corazón metió la mano
y d’allí me llevó mi dulce prenda,
que aquél era su nido y su morada.
¡Ay, muerte arrebatada,
por ti m’estoy quejando
al cielo y enojando
con importuno llanto al mundo todo!
El desigual dolor no sufre modo;
no me podrán quitar el dolorido
sentir si ya del todo
primero no me quitan el sentido.

Vega, Garcilaso de la

Esta elegía muestra el nuevo estilo italiano incorporado a la poesía española por Garcilaso, consistente en la combinación de endecasílabos y heptasílabos

ELEGÍA: Composición lírica en que se lamenta la muerte de una persona o cualquier otro acontecimiento infortunado.
A Dafne ya los brazos le crecían

A Dafne ya los brazos le crecían,
y en luengos ramos vueltos se mostraba;
en verdes hojas vi que se tornaban
los cabellos que el oro escurecían.

De áspera corteza se cubrían
los tiernos miembros, que aún bullendo estaban:
los blancos pies en tierra se hincaban,
y en torcidas raíces se volvían.

Aquel que fue la causa de tal daño,
a fuerza de llorar, crecer hacía
este árbol que con lágrimas regaba.

¡Oh miserable estado! ¡oh mal tamaño!
¡Que con llorarla crezca cada día
la causa y la razón porque lloraba!
Vega, Garcilaso de la

Dafne. Es una ninfa amada por Apolo, hija de la Tierra y del río Ladón -o del río tesalio Peneo, según otras fuentes-.

Un recurso importante en la poesía del Renacimiento fue el empleo de temas de la Mitología griega.
Égloga Primera

El dulce lamentar de dos pastores,
Salicio juntamente y Nemoroso,
He de contar, sus quejas imitando;
Cuyas ovejas al cantar sabroso
Estaban muy atentas, los amores,
De pacer olvidadas, escuchando.
Tú, que ganaste obrando
Un nombre en todo el mundo,
Y un grado sin segundo,
Ahora estés atento, solo y dado
Al ínclito gobierno del estado
Albano; ahora vuelto a la otra parte,
Resplandeciente, armado,
Representando en tierra el fiero Marte;

Ahora de cuidados enojosos
Y de negocios libre, por ventura
Andes a caza, el monte fatigando
En ardiente jinete, que apresura
El curso tus los ciervos temerosos,
Que en vano su morir van dilatando;
Espera, que en tornando
A ser restituido
Al ocio ya perdido,
Luego verás ejercitar mi pluma
Por la infinita innumerable suma
De tus virtudes y famosas obras;
Antes que me consuma,
Faltando a ti, que a todo el mundo sobras.

En tanto que este tiempo que adivino
Viene a sacarme de la deuda un día,
Que se debe a tu fama y a tu gloria;
Que es deuda general, no solo mía,
Mas de cualquier ingenio peregrino
Que celebra lo digno de memoria;
El árbol de victoria
Que ciñe estrechamente
Tu gloriosa frente
Dé lugar a la hiedra que se planta
Debajo de tu sombra, y se levanta
Poco a poco, arrimada a tus loores;
Y en cuanto esto se canta,
Escucha tú el cantar de mis pastores.

Saliendo de las ondas encendido,
Rayaba de los montes el altura
El sol, cuando Salicio, recostado
Al pie de una alta haya, en la verdura,
Por donde un agua clara con sonido
Atravesaba el fresco y verde prado;
Él, con canto acordado
Al rumor que sonaba
Del agua que pasaba,
Se quejaba tan dulce y blandamente
Como si no estuviera de allí ausente
La que de su dolor culpa tenía;
Y así, como presente,
Razonando con ella, le decía:

Vega, Garcilaso de la

Égloga: Composición poética del género bucólico, caracterizada por una visión idealizada de la vida rústica, y en la que suelen aparecer pastores que dialogan acerca de sus amores.
Mario el ingrato Amor como testigo

Mario, el ingrato Amor, como testigo
de mi fe pura y de mi gran firmeza,
usando en mí su vil naturaleza,
que es hacer más ofensa al más amigo;

teniendo miedo que si escribo o digo
su condición, abajo su grandeza;
no bastando su fuerza a mi crueza,
ha esforzado la mano a mi enemigo.

Y así, en la parte que la diestra mano
gobierna. y en aquella que declara
los conceptos del alma, fui herido.

Mas yo haré que aquesta ofensa, cara
le cueste al ofensor, ya que estoy sano,
libre, desesperado y ofendido.

Vega, Garcilaso de la
Soneto XXIII

En tanto que de rosa y azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
enciende al corazón y lo refrena;

y en tanto que el cabello, que en la vena 5
del oro se escogió, con vuelo presto,
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena:

coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto, antes que el tiempo airado 10
cubra de nieve la hermosa cumbre;

marchitará la rosa el viento helado.
Todo lo mudará la edad ligera
por no hacer mudanza en su costumbre.

Garcilaso de la Vega

En este soneto se pone de manifiesto una de las ideas fundamentales del Renacimiento: "El carpe diem"
A mi niño.

Déjame quererlo luna,
que necesito su amor
como el perfume a la flor,
déjame mecer su cuna
besar su piel de aceituna
hacer mía su sonrisa,
decir bajito a la brisa
que lo vista de ilusiones ... (ver texto completo)
Muy bella, bien organizada.
A mi niño.

Déjame quererlo luna,
que necesito su amor
como el perfume a la flor,
déjame mecer su cuna
besar su piel de aceituna
hacer mía su sonrisa,
decir bajito a la brisa
que lo vista de ilusiones ... (ver texto completo)
Preciosa