La Poesía


wow

Esto impacta muchismo
la GLORIOSA:
Mi solo Dios verdadero,
cuyo ser es inamovible,
a quien es todo posible,
fáçil e bien fazedero!
Tú que sabes la pureza
de la mi virginidad,
alumbra la çeguedad
de Josep, e su simpleza.

El ÁNGEL a JOSEPE:
¡Oh viejo de muchos días,
en el seso de muy pocos;
el principal de los locos!
¿Tú no sabes que Isaías
dixo: «Virgen parirá»;
lo cual escribió por esta
doncella gentil, honesta,
cuyo par nunca será?

Manrique
Los versos tienen su entraña
Las inexplicables angustias del destino
Sus casas orando al ángel
La sombra eterna que no explicamos
Las arenas inmensas que queman
Y que beben su propio llanto
Los hombres caminan, peregrinan su rumbo
Las arrugas se vuelven canto
Nostalgia de la noche
Silencio de las partidas
Recuerdos que tienen un día parido
Y un segundo grabado en el olvido
Las miradas del tiempo
Son un rio, un mar que nos pertenece
Nuestra barca pura esperanza
Ausencias que no reclaman
Se estremece nuestra alma
Agitación del corazón
Tersura del amar
Humana aspiración
Adiós besando la piel de lo finito
El camino graba los versos
Los pare un día
Que el viento esta risueño.

EH
JUAN RAMON JIMENEZ

¿Te acuerdas? Fue en el cuarto de los niños. La tarde
de estío alzaba, limpia, por entre la arboleda
suavemente mecida, últimas glorias puras,
tristes en el cristal de la ventana abierta.
El maniquí de mimbre y las telas cortadas,
eran los confidentes de mil cosas secretas,
una majia ideal de deshojadas rosas
que el amor renovaba con audacia perversa...
¡Oh, qué encanto de ojos, de besos, de rubores;
qué desarreglo rápido, qué confianza ciega,
mientras, en la suave soledad, desde el suelo,
miraban, asustadas, nuestro amor las muñecas!
FERNANDO VILLALÓN:

Plaza de piedra de Ronda,
la de toreros machos:
pide tu balconería
una carmen cada palco;
un Romero cada toro,
un Maestrante a caballo
y dos bandidos que pidan
la llave con sus retacos.
Plaza de piedra de Ronda,
la de los toreros machos.
hartos de pisar la tierra.
Se ha acostado el día con tantas horas
Son las mías y del tiempo aquello
Son las blancas ausencias de lo invisible
Y las palabras vuelven a su necesidad
A su costumbre, a su calor
A dormir con la piel desnuda
Buscando la voz de su vientre
La brisa tiene los sueños
Los recuerdos besados
Y las realidades más dolidas
Y ella la que no sabe nada
Son los ojos luminosos de la existencia
Es dulzura sin pedir nada
El espacio no existe
Es indiferente al instante
No hay nada más sublime
Que la mano tierna del corazón
Amando su nostalgia
Bebiendo su ausencia
Selladas en las cuitas del recuerdo
El rio que nunca se cansa
Va y viene como la vida
Es humilde y soberano
Se acuesta con el sol y la luna
A cargado la sangre y la miel
Las esperanzas de los humanos
Y las crueldades que nos hacen llorar
Pero ella la Mujer la de mil nombres
Las que nos ama con su blancura y su rojo
Las que nos da el alma
Entre aguaceros y arenas
Se mezcla con las plantas y las besa
Es una rosa de carne y hueso
Ama con la inmensidad del rayo
Y llora cuando el corazón lo regala
Tiene venas que afloran sus entrañas
Brinda más amor que todo el universo
La humildad más dulce sentada en la esquina
Y sonríe con el encanto de la fe
Es niña, madre, compañera, amante, amiga
La que ha llorado las partidas
La que nos coge la mano
Para regalarnos sus días.

EH
Habiendo a su rival vencido un Gallo,
Quedó entre sus gallinas victorioso,
Más grave, más pomposo
Que el mismo gran Sultán en su serrallo.
Desde un alto pregona vocinglero
Su gran hazaña: el Gavilán lo advierte;
Le pilla, le arrebata, y por su muerte,
Quedó el rival señor del gallinero.

Consuele al abatido tal mudanza,
Sirva también de ejemplo a los mortales
Que se juzgan exentos de los males
Cuando se ven en próspera bonanza

LOS DOS GALLOS.

Samaniego.
GARCÍA LORCA:

¡Que no quiero verla!
Dile a la luna que venga,
que no quiero ver la sangre
de Ignacio sobre la arena.
¡Que no quiero verla!
La luna de par en par.
Caballo de nubes quietas,
y la plaza gris del sueño
con sauces en las barreras.
¡Que no quiero verla!
Que mi recuerdo se quema.
¡Avisad a los jazmines
con su blancura pequeña!
¡Que no quiero verla!
La vaca del viejo mundo
pasaba su triste lengua
sobre un hocico de sangres
derramadas en la arena,
y los toros de Guisando,
casi muerte y casi piedra,
mugieron como dos siglos
hartos de pisar la tierra.
Arando estaba el buey, y a poco trecho.
la cigarra, cantando le decía:
« ¡Ay, ay! ¡Qué surco tan torcido has hecho!»
Pero él la respondió: «Señora mía,
si no estuviera lo demás derecho,
usted no conociera lo torcido.
Calle, pues, la haragana reparona;
que a mi amo sirvo bien, y él me perdona
entre tantos aciertos, un descuido.»
¡Miren quién hizo a quién cargo tan fútil!
¡Una cigarra al animal más útil!
Mas ¿si me habrá entendido
el que a tachar se atreve
en obras grandes un defecto leve?

EL BUEY Y LA CIGARRA.
TOMÁS DE IRIARTE.
Antonio Peña
20 de febrero
Te quiero.-
Te quiero, amada mía, dulce flor de mi amor,
sanaste mis heridas con tu blando calor.
Te quiero, mi delicia, aunque lejos estés
que ni lloros ni ruegos mi vida te hagan ver.
Te quiero hoy dichoso al saber que tu estás
muy dentro de mi pecho del que nunca saldrás.
Te quiero porque eres de mi vida la luz
que rompió las tinieblas cúando llegaste tú.
Te quiero mi amapola por la dulce inquietud
que a mi lado trajiste, robándome la paz,
con plena indiferencia, sin vivir de verdad
pues sé que me faltaba del amor la bondad.
Te quiero a tí, coqueta, que juegas con mi amor,
pero que por ser tuyos son juegos sin dolor.
Te quiero aunque no quiera mi pensamiento dar
al corazón permiso para quererte más.
Te quiero con delirio, con pasión sin igual,
a tu sombra yo envidio porque contigo está.
Te quiero en la alborada del verano triunfal
que quema con los rayos del Sol inmemorial.
Te quiero en el otoño de triste atardecer,
en que la hojas mustias por los aires se van,
se van mis alegrías con el frío glacial
del corazón sombrío pero que ama igual.
Te quiero en el invierno a cuyo frío austral
el caluroso aliento de mi amor vencerá.
Te quiero en primavera ya que ella permitió
verte por vez primera y mi amor se incendió.
Te quiero en estaciones que ignoradas hoy son
y en ficticias regiones de este mundo burlón.
Te quiero en mil planetas, te quiero en la ilusión,
te quiero en vanos sueños, te quiero en la oración
que repiten mis labios a la Tierra y al Sol,
a la esencia del mundo que vibra en la Creación.
Antonio Peña
20 de febrero
P E N A
Pena siento por la pena que me abruma
siento pena por la vida encadenada
es la pena que con garras de tigresa
en sus redes envuelve y aprisiona.
La negra noche que mi vida enluta,
mató la luz que renacer quería
robó la dicha que alcanzando estaba,
dicha que acaricié con alegría.
Ya no tengo tu pelo ni tu risa,
ni tu voz, ni la flor de tu mirada,
sólo me queda el recuerdo amado
de tu beso que adoré extasiado.
Ya no tengo el amor entre las manos,
la vida esquiva me clavó su espina
condenando a morir en agonía
a un corazón que a latir volvía.
Mil millones de años nos separan,
cien paises separan nuestra dicha;
ya no espero el milagro que devuelva
a mi alma la luz de tu mirada.
Desconozco la existencia de los cielos,
sólo en infiernos creo, atormentado;
una estocada recibió mi pecho
que hasta ayer latía esperanzado.
Ya de los dioses buenos desconfío,
los diablos me dan su compañía,
y en las llamas de su fuego eterno
arderá para siempre mi vida herida.
Adiós mi amor, adiós vida querida,
me depido con ardientes lágrimas
que lavan los pecados de mi vida
y el delito de la fé perdida.
A los que juntan muchos libros y ninguno leen.

EL BURRO DEL ACEITERO.

En cierta ocasión un cuero
lleno de aceite llevaba
un borrico, que ayudaba
en su oficio a un aceitero.

A paso un poco ligero,
de noche en su cuadra entraba,
y de una puerta en la aldaba
se dio el golpazo más fiero.

« ¡Ay! -clamó-, ¿no es cosa dura
que tanto aceite acarree
y tenga la cuadra obscura?»

Me temo que se mosquee
de este cuento quien procura
juntar libros que no lee.

¿Se mosquea? Bien está;
pero este tal, ¿por ventura
mis fábulas leer

IRIARTE.
Nada sirve la fama si no corresponden las obras

El jilguero y el cisne.

«Calla tú, pajarillo vocinglero
-dijo el cisne al jilguero-.
¿A cantar me provocas, cuando sabes
que de mi voz la dulce melodía
nunca ha tenido igual entre las aves?»
El jilguero sus trinos repetía,
y el cisne continuaba: « ¡Qué insolencia!
¡Miren cómo me insulta el musiquillo!
Si con soltar mi canto no le humillo,
dé muchas gracias a mi gran prudencia».
« ¡Ojalá que cantaras!
-le respondió por fin el pajarillo-.
¡Cuánto no admirarías
con las cadencias raras
que ninguno asegura haberte oído,
aunque logran más fama que las mías!...»
Quiso el cisne cantar, y dio un graznido.

¡Gran cosa! Ganar crédito sin ciencia,
y perderle en llegando a la experiencia.

Tomás de Iriarte.
Celos traviesos, duendes invisibles,
si bien con quien os siente sois palpables,
contra uniones de amor inexorables,
contra la fe severos y terribles.
Cifras a la verdad inteligibles,
por quien las inocencias son culpables.
Siempre con la sospecha sois estables,
certificando dudas increíbles.
El que de lo que sois menos ignora,
hace de ser dichoso más alcanza,
pues lo que no conoce no le ofende.
Quien os experimenta sólo llora,
no asegurando el bien con la esperanza
pues le hiela lo mismo que le enciende

Solorzano
Cierto galán a quien París aclama,
petimetre del gusto más extraño,
que cuarenta vestidos muda al año
y el oro y plata sin temor derrama,

celebrando los días de su dama,
unas hebillas estrenó de estaño,
sólo para probar con este engaño
lo seguro que estaba de su fama.

« ¡Bella plata! ¡Qué brillo tan hermoso!»,
dijo la dama, « ¡viva el gusto y numen
del petimetre en todo primoroso!»

Y ahora digo yo: «Llene un volumen
de disparates un autor famoso,
y si no le alabaren, que me desplumen.

IRIARTE.