Columnistas y Tertulianos


Estación de Finlandia.

Puigdemont quedó desnudo. De muy honorable «presidente en el exilio» pasó a muy sórdido «delincuente en fuga»

Gabriel Albiac.

Actualizado:

26/03/2018 08:06h.

Un turbio hombre de negocios, Parvus, ideó la operación. Pasará a la mitología del siglo XX como la del «Tren de Finlandia». No por el idílico país de los fiordos. Sino por el nombre de una estación de Petrogrado. La que cerraba los 3.200 kilómetros de raíles que median entre la Berna de la que salió el convoy y la capital zarista en donde el vagón fue desprecintado para que Lenin, Sokólnikov, Zinóviev y Rádek irrumpiesen en la leyenda. Habían atravesado Suiza, Alemania, Suecia y Finlandia, herméticamente encerrados, antes de que los aclamara el soviet de la capital rusa. El misterio de cómo el «vagón sellado» pudo cruzar las fronteras en guerra no es tal. En 1917, Alemania vio en esa idea genial, por cuyo diseño Parvus se embolsó dos millones de marcos, la ocasión de dar el golpe de gracia al enemigo ruso. La insurrección bolchevique rompería el ejército zarista y Alemania impondría sus condiciones para el fin de la extenuante Gran Guerra. No era un cálculo malo. A corto plazo. Nadie previó que aquel desquicie en Rusia acabaría por sacudir los cimientos de toda Europa. A lo largo de tres cuartos de siglo.

Durante las pocas horas en que Carlos (Carlitos, para el presidente de Tabarnia) Puigdemont permaneció en Helsinki, tuvo a su alcance la oportunidad de fletar su propio «Tren de Finlandia». O su avión, si deseaba ser más moderno. La jugada era de manual: entregarse motu proprio a las autoridades finesas, aceptar ser transferido a la justicia española; luego, desplegar la tierna escenografía del mártir de la patria que afronta la tiránica persecución a que lo someten quienes tiranizan a su noble pueblo. Es una colección de sandeces, claro. Pero las sandeces cuelan en política. Y, si se juegan en el momento oportuno, proporcionan niveles de rentabilidad altísimos.

En el instante mismo en que, tras haber garantizado su comparecencia ante la policía finesa, Puigdemont puso pies en polvorosa, sin ni siquiera recurrir al conmovedor cumpleaños filial de Mamá Rovira, el independentismo perdió su última baza: la credibilidad internacional. Y Puigdemont quedó desnudo. De muy honorable «presidente en el exilio» pasó a muy sórdido «delincuente en fuga». Para colmo, la fuga la planificó muy mal. Y lo fueron a trincar, justamente, en una Alemania que prevé para los delitos de rebelión y malversación, por los que es buscado, penas muy similares a las españolas. La cosa resultaría francamente divertida, si no fuera porque, en estos seis meses, Puigdemont ha logrado arruinar a Cataluña y gangrenar su sociedad irreversiblemente.

¿Por qué no jugó Puigdemont en Helsinki al «Tren Finlandia»? Lo tenía todo a su favor para poner en un brete al «enemigo español». Sólo debía afrontar un riesgo menor: la cárcel. Menor, porque no hay mejor aliado de un golpista que una estancia épica tras los barrotes. Un precio muy barato por crear una nación. Pero el miedo a la cárcel parece, en Cataluña, más sólido que las epopeyas. No hubo Tren de Finlandia. Game Over.

Gabriel Albiac.

Articulista de Opinión.
EL BURLADERO.

Turull, pobre instrumento.

Turull ha sido elegido para permanecer en el escenario de la tensión.

Carlos Herrera.

Actualizado:

23/03/2018 09:38h.

La tomadura de pelo de Turull a los catalanes ha sido mundial. Realmente su discurso de investidura parecía más un adelanto de su declaración ante el juez Llarena que otra cosa. Sólo queremos diálogo, tenemos la mano tendida y así. Una vez que supo que los silvestres de la CUP no iban a prestarle su apoyo, el monaguillo de Puigdemont decidió que la sesión de investidura debería ponerse al servicio de su exculpación. Fue una forma de decirle al juez del Supremo que no es tan malo como parece. No he acabado de escuchar la sesión parlamentaria de investidura. Vaya usted a saber cómo habrá concluido la tarde.

Turull es poco más que un triste individuo al servicio del pujolismo más corrupto y un eficiente chico de los recados del perturbado de Puigdemont. Es un fanático, y sabe que su nombramiento es una forma de utilizarle para excitar a los que viven del enfrentamiento. Decidir que Turull sea candidato a la presidencia es una forma de desafío a la Justicia y una manera de seguir viviendo del cuento. El sueño del independentismo es poder seguir engordando el enfrentamiento y el alimento permanente a los que se excitan a diario con el memorial de agravios renovado con cualquier excusa. Qué más puede desear un numerero independentista que un presidente electo de la Generalitat sea encarcelado por un juez español. A Turull han querido elegirle sólo para eso, y él se ha puesto a la orden, entendiendo su destino como un sacrificio por la idiocia colectiva que asalta a una buena parte de la sociedad catalana. Hoy viernes tiene que presentarse ante el Supremo, y Turull sabe que tiene todas las de perder ante esa instrucción que ha llegado a su fin, en la que se relatan los hechos, se pone nombre a los delitos y se toman, si procede, medidas cautelares. Al poco de mañana, las partes acusatorias pedirán penas concretas, las defensas presentarán sus escritos y todo quedará pendiente de una vista oral que no parece demasiado halagüeña. Por eso el discurso de ayer de Turull fue el que fue: yo soy bueno, quiero el diálogo y busco salida a este entuerto en el que nos hemos metido todos.

Mentira. Nunca ha querido otra cosa que la independencia de Cataluña por métodos ilegales. Sabe, mejor que nadie, que su investidura hubiera sido estéril: hábil para la agitación pero ineficaz para la realidad. Puede que se le hubiera abultado el pecho, pero en ningún caso podría llegar a ver su nombre en un Boletín Oficial con la firma del Rey. El independentismo catalán ha utilizado el Parlamento regional como un mero instrumento de marketing político: una forma de decir que podrían seguir vivos eligiendo un individuo imputado con tal de alargar el victimismo. Turull no ha sido elegido, como dijo Arrimadas, para ser presidente de la Generalitat: ha sido elegido para permanecer en el escenario de la tensión. No ha sido una sesión de investidura, ha sido una sesión para mantener el bloqueo, para hacer visible que, en el caso de que el juez del Supremo lo encarcele, lo haga a un presidente de la Generalidad. Turull ha sido un pobre pelele al que los independentistas han querido utilizar para permanecer en el cuento insufrible del «procés».

Hoy deberá enfrentarse a una realidad aplastante, como el resto de implicados en el golpe institucional: la acusación de delito de rebelión, sedición y malversación de fondos. La intención de convertirlo en mártir ha sido frustrada por cuatro silvestres que no apuestan por otra cosa que la independencia a las bravas. Tal vez se salve Joaquín Forn, al que la Fiscalía no le apetece que intente tomar decisiones propias de psicodrama. Turull, en cambio, no parece candidato al suicidio. Elecciones a la vista.

Carlos Herrera.

Articulista de Opinión.
Gente que volaba.

Inglaterra cerraba los ojos para atraer el capital ruso.

Luis Ventoso.

Actualizado:

16/03/2018 16:24h.

Recuerda a los «Diez Negritos» de Agatha Christie, aunque esta vez eran seis amigos. Todos están muertos. Fueron cayendo uno tras otro en el plazo de once años en una inexplicable concatenación de desgracias. Los unían dos nexos: sus almuerzos semanales en el restaurante Cipriani de Mayfair, en el centro más opulento de Londres, y sus negocios con multimillonarios y firmas rusas. En el clan del Cipriani compartían mantel dos águilas del ladrillo, un exjugador de polo conocido del Príncipe Carlos, un abogado especializado en negocios en Rusia, un exbatería de rock reconvertido en contable de élite y una figura bien conocida, el magnate Berezovsky, que se exilió en Inglaterra tras una sonada disputa con el putinismo. A todos les dio por morirse. El primero que cayó fue el abogado Stephen Curtis. Acababa de enfrentarse a Roman Abramovich y comentó a sus allegados: «Si algo me pasa no será un accidente». ¿Premonitorio? Murió en un accidente de helicóptero, en día claro y a bordo de una nave nueva. Dos de los amigos, ejecutivos que nadaban en dinero, «se suicidaron» arrojándose al metro en pleno centro de Londres. Otro se arrojó desde el techo de un centro comercial en North Kensington. Berezovksy apareció en la bañera de su mansión: un cadáver de 67 años con una ligadura en el cuello. La Policía británica consideró que había sido una muerte no violenta y aparcó el caso. El último superviviente del clan fue el emprendedor inmobiliario Scot Young. Escocés de 52 años, había construido un imperio desde la nada: seis mansiones, yate, jet privado. Su suerte cambió tras el fracaso del Proyecto Moscú, una enorme operación urbanística en la capital rusa que emprendió con el apestado Berezovsky. En diciembre de 2014, Scot Young voló desde la ventana de su apartamento de Marylebone y acabó empalado en una verja de la calle. La justicia británica no consiguió dilucidar si fue un suicido o hubo algo más. Otro caso abierto (y enterrado).

En mis felices días en Chelsea un gran amigo inglés me invitaba a veces a los partidos de Stamford Bridge. Allí descubrí el mote con que parte de la hinchada designa al dueño del club: «El Monedero». « ¿Por qué le llamáis así?», pregunté como un pipiolo. «Pues porque todo el mundo sabe que es el monedero de Putin». El Gobierno británico hace grandes aspavientos tras un nuevo asesinato de un exiliado ruso en Inglaterra. Bien está, pero es un tanto hipócrita. Durante años, y muy acusadamente en la era de Blair, Londres hizo un esfuerzo intencionado por atraer el capital de magnates rusos, muchos de antecedentes más que turbios. El poder británico los aduló y los mimó fiscal y socialmente. Se trata de una realidad tan notoria que este mismo año la BBC ha emitido una exitosa serie sobre las andanzas de la mafia rusa en Londres, titulada «McMafia». La queja inglesa contra las intrigas rusas es justa y necesaria, y debería alertar a otros países europeos, pero le echan un poco de jeta después de haberle tendido la alfombra roja al enemigo. La gente volaba… y Scotland Yard silbaba.

Luis Ventoso.

Director Adjunto.
Exactamente Rosalí, hay que deslindar el problema de toda ideología política o la afiliación o simpatía de un partido u otro.

Es ahora el Gobierno de Rajoy y mañana será otro, y yo, al menos, me seguiré manifestando si el tema de pensiones sigue igual; hay un problema gravísimo de pensiones muy bajas que llevan congeladas mas de seis años, de matrimonios que están sustentando a sus hijos, de desahucios por falta de pago, no puede uno permanecer impasible ante todo eso, SEA EL GOBIERNO QUE SEA, ... (ver texto completo)
Yo creo que la mayoría de jubilados tienen una buena pensión, suficiente para vivir tranquilamente, lo que ocurre es que hay muchos de ellos que les gusta vivir por encima de sus posibilidades y es ahí cuando meten la patita, o sea, menos quejas y a vivir que son dos días, otro cosa que quiero decir, ¿Os habéis preguntado quien está movilizando todo este "tinglado"?.
Buenos días, te contesto puesto que yo puse el comentario de Ignacio C. Vaya por delante que no tengo nada en contra de quienes vayan a manifestarse por el tema de las pensiones, cada cual es muy libre de actuar según le parezca, yo tengo familiares con pensión baja que si comen no se calientan y viceversa, y los demás también tienen derecho a no perder poder adquisitivo, ya que si cobran mas es porque en su día hacienda se quedaba con un 30 y tantos % de la nomina.
Los comentarios periodísticos ... (ver texto completo)
Exactamente Rosalí, hay que deslindar el problema de toda ideología política o la afiliación o simpatía de un partido u otro.

Es ahora el Gobierno de Rajoy y mañana será otro, y yo, al menos, me seguiré manifestando si el tema de pensiones sigue igual; hay un problema gravísimo de pensiones muy bajas que llevan congeladas mas de seis años, de matrimonios que están sustentando a sus hijos, de desahucios por falta de pago, no puede uno permanecer impasible ante todo eso, SEA EL GOBIERNO QUE SEA, y por supuesto, a mi me parece muy mal el que se diga que los pensionistas lo hacen para desgastar al Gobierno o por influencia de otros partidos, ¡Como si no hubiera motivos suficientes para manifestarse!.

Yo no estoy diciendo que otro partido lo solucionaría, no, para nada, estoy diciendo que hay motivos para salir a manifestarse toque al Gobierno que le toque y aquí por desgracia, las cosas no se solucionan quedándose en casa, no sé si servirá de algo, pero al menos de lo que estoy segura es que todos los logros, y repito por desgracia, se han conseguido con movilizaciones.

Saludos.
España tiene un pequeño problema con las pensiones actuales y uno enorme con las futuras. El de ahora mismo supone unos cientos de millones de euros y el de dentro de unas décadas requiere dos o tres millones de empleos. El del presente es cuestión de equilibrio presupuestario y el del porvenir depende de la evolución demográfica y del mercado de trabajo. Por tanto el segundo es mucho más difícil de resolver y la política huye de él como gato del agua: implica decisiones de largo alcance y consensos, ... (ver texto completo)
Buenos días, te contesto puesto que yo puse el comentario de Ignacio C. Vaya por delante que no tengo nada en contra de quienes vayan a manifestarse por el tema de las pensiones, cada cual es muy libre de actuar según le parezca, yo tengo familiares con pensión baja que si comen no se calientan y viceversa, y los demás también tienen derecho a no perder poder adquisitivo, ya que si cobran mas es porque en su día hacienda se quedaba con un 30 y tantos % de la nomina.
Los comentarios periodísticos cada cual los interpreta o se queda con lo que le parece, que es logico que asísea, a mi me llamó la atención el primero y segundo punto, donde dice mas o menos lo que todos sabemos, que la penuria actual se debe a la falta de cotizaciones, cuando había no se si dos millones mas de cotizantes y mejor pagados no había este problema, luego eso nos lleva a aunar fuerzas en busca del empleo perdido, que sin duda es complicado pero si se dejaran atrás intereses de partido habría mas posibilidades, y los políticos que en las pasadas elecciones renegaban y decían que si los viejos no votaban habrían salido mejor parados, y resulta que ahora les bailan el agua por que les interesa.
Esto y adelgazar los gastos del estado, ya que está visto que el País no puede soportar tanta carga, por curiosidad, he mirado cuantos diputados hay en las comunidades (he mirado dos) Castilla León con 84 y Cataluña 135 si haces una media por 17 comunidades resulta una cantidad muy grande y el Senado, si como dicen vale para poco pues eso, reajustar el engranaje y no cargar tanto las tintas en el tema que nos ocupa.
DICE IGNACIO CAMACHO (no sé como no se le cae la cara de vergüenza)

<<<<< Un colectivo de alta sensibilidad que, sin embargo y acaso precisamente por eso, percibe unos ingresos medios superiores a los de unos trabajadores en activo que sufren además precarias condiciones laborales.>>>>>>>

No se trata Sr. Camacho de mirar para atrás, ¿Por qué no compara usted la pensíon de un jubilado medio con la de un político EN TODAS SU FACETAS?

¿Desde cuando sirve de consuelo el que otros están peor? Que razonamiento mas pobre a falta de razones lógicas.

Por supuesto que eso hay que arreglarlo y principalmente a nivel europeo, pero el que otros estén peor no justifica con el saqueo y la injusticia que se está haciendo con las pensiones.

Con ese razonamiento Sr. Camacho (me gustaría saber cuanto cobra Vd. en la cantidad de trabajos que tiene, podía ser solidario y dejar colaboraciones para otros periodistas en paro) y mirando hacia el lado que aún y desgraciadamente está peor, llegaremos a la conclusión de que lo principal es que comamos a fin de mes, porque mire Vd. en Nigeria ni eso, luego a estar contentos todos.
España tiene un pequeño problema con las pensiones actuales y uno enorme con las futuras. El de ahora mismo supone unos cientos de millones de euros y el de dentro de unas décadas requiere dos o tres millones de empleos. El del presente es cuestión de equilibrio presupuestario y el del porvenir depende de la evolución demográfica y del mercado de trabajo. Por tanto el segundo es mucho más difícil de resolver y la política huye de él como gato del agua: implica decisiones de largo alcance y consensos, dos condiciones ausentes en una dirigencia pública sin razonamiento estratégico. La polémica se ha planteado al revés, lo menos importante primero, porque su objetivo fundamental consiste, como casi siempre, en desgastar al Gobierno.

Nadie va a movilizarse por la pensión de la generación de Íñigo Errejón, 34 años, que esta semana salió a recibir a los jubilados que su partido y los sindicatos han sacado a la calle. Tampoco por la de un Pedro Sánchez, de 46, con veinte de vida laboral por delante. Importan las de ahora mismo, que afectan a nueve millones y medio de personas, una masa electoral que representa uno de cada cuatro votantes y en la que el PP goza de una ventaja notable. Un colectivo de alta sensibilidad que, sin embargo y acaso precisamente por eso, percibe unos ingresos medios superiores a los de unos trabajadores en activo que sufren además precarias condiciones laborales. Da igual. En el populismo político dominante sólo importa lo inmediato, lo que tiene capacidad de armar ruido, lo que sea susceptible a la demagogia, lo que pueda generar a corto plazo polémica y debate.

Agitando el malestar de los pensionistas por la cicatera subida de este año, la oposición ha conseguido salir de la burbuja catalana y colocar al Gabinete en un mal trago. La izquierda lo pasa mal en el conflicto de Cataluña porque carece de un proyecto nacional claro, y necesitaba sacarlo de la agenda para abrirse espacio. Lo ha logrado. El marianismo tiene un punto débil en la sensibilidad social y sufre cuando lo atacan por ese flanco; sus éxitos socioeconómicos indiscutibles están lastrados políticamente por un exceso de estilo tecnocrático. Lo va a pasar mal: esta vez el adversario ha mordido tobillo y no piensa soltarlo. Y si Rajoy permite, como esta semana, que sea Montoro el que defienda la posición gubernamental se va a meter en un lío bastante ingrato. Este asunto requiere delicadeza, pedagogía, finura de tacto, y no se puede dejar en manos del ministro más antipático, cuya arrogancia sabihonda y despectiva es una máquina de perder votos a puñados.

Las pensiones son nitroglicerina política, que explota al mínimo movimiento. El presidente tendrá que sacar lo mejor de sí mismo para salir del aprieto. Porque la mayoría de los jubilados no entiende de déficit público y sólo le importa que le han subido su mensualidad tres o cuatro euros.

Columna de Ignacio Camacho.
Máquinas de insultar.

El Rey ha ido a ayudar, que falta le hace a Cataluña.

Luis Ventoso.

Actualizado:

26/02/2018 08:59h.

Existen dos recursos que delatan a un articulista palizas: iniciar la pieza reproduciendo la charla de un taxista, o abrirlo con la acepción de una palabra según la Academia. Disculpen, pues nos disponemos a incurrir en el primer tópico. Fue hace tres semanas en Madrid. El taxista pertenecía al género del loro multiopinativo. Con todo detalle explicó que acababa de llevar a una familia de empresarios catalanes a un polígono del cinturón. Iban a ver la nave a donde trasladarían su empresa familiar, una fábrica de ampollas para medicamentos. El taxista locuaz sonsacó al patriarca de sus pasajeros, que resultó un separatista fervoroso. Entonces le hizo la pregunta obvia: «Y siendo usted tan independentista, ¿cómo es que se ha ido de allí y se trae la empresa y los empleos a Madrid?» El veterano empresario respondió con sinceridad: «En la compañía tenemos una participación francesa y con lo que está pasando me han dicho que o deslocalizaba o ellos no seguían».

Esa es la vida real. Más de 3.000 empresas han huido, porque el capital es medroso y busca el bendito aburrimiento, la seguridad jurídica. El turismo y el inmobiliario también se han constipado. Los que saben auguran que Cataluña ha enfilado una peligrosa cuesta abajo.

En ese contexto de miedo económico ante la gilipollesca idea de separar a Cataluña de España, sacarla de la UE y empobrecerla salvajemente contra la opinión de la mayoría de los catalanes, el Rey viajó ayer a Barcelona para echar un capote en el Congreso Mundial de Móviles. Es una feria enorme, que deja 470 millones y 13.000 empleos, pero que sopesa marcharse con los telefonillos a otra parte si continúa la esotérica verbena xenófoba. Guste o no la Monarquía, el Rey posee una reputación internacional muy notable y proyecta civilización, serenidad y cierta modernidad. Su valoración supera de largo a la de los políticos. Su formación y rodaje están también por encima de la media de nuestros representantes, muchos trepas de partido que jamás han tenido una nómina. ¿Cómo han agradecido los dirigentes nacionalistas el apoyo de Felipe VI al Mobile? Pues en su línea: insultándolo, como vienen haciendo con todo lo español desde hace cinco años. Colau y Torrent, dos políticos menores y probablemente conyunturales, se han puesto estupendos y han decidido ofender un poco al que viene a ayudar. Anoche lo plantaron en la recepción previa a la cena del Mobile y hoy harán lo propio antes de la inauguración.

El desaire de la alcaldesa nacional-populista y del presidente separatista del Parlament no es anecdótico. Tiene calado, porque en realidad están ofendiendo y perjudicando a sus compatriotas catalanes, al actuar como si la totalidad de la población fuese independentista, cuando en realidad ocurre lo contrario (según la última encuesta, los unionistas ganan por diez puntos). Pero todo debate es baladí. Imposible razonar con el nacionalismo, una versión laica, rencorosa y victimista del integrísimo religioso. Mientras los propios catalanes sigan autolesionándose y no los echen del poder no hay nada que hacer.

Luis Ventoso.

Director adjunto.
El odio azucarado.

La chulería de hace unos meses, con aquellas hojas de ruta que parecían la pizarra de un entrenador de baloncesto de tercera regional cuando quedan diez segundos para el final, ha sido sustituida por un odio a España, que tendría su peligro si fuera seco y adulto pero que es lacrimógeno y demasiado azucarado para ser tomado en serio.

Salvador Sostres.

Barcelona.

04/02/2018.

Toda victoria como la que el Estado ha conseguido en Cataluña deja un resentimiento que los derrotados han de saber si convierten en reto creativo para levantarse y mejorar, o en odio victimista y estéril, la más segura garantía de derrotas futuras.

El catalanismo fracasa cuando desafía al Estado porque no quiere aprender de lo que hace mal. El catalanismo cuando defiende sus intereses con inteligencia consigue sus mejores logros y su estrategia redunda en el bienestar de los catalanes. Pero cuando cada tantos años se pone bravo y desafía al Estado al incomprensible órdago del todo o nada, una mezcla de autocomplacencia «pompier» y de patológica incapacidad para la articulación política consistente le lleva al naufragio no siempre exento del recuento de cadáveres. Y en lugar de tener la hombría de aceptar sus errores, analizarlos, y tratar de evitarlos en las siguientes ocasiones, se comporta como una histérica amante despechada, que es donde exactamente ahora estamos.

La chulería de hace unos meses, con aquellas hojas de ruta que parecían la pizarra de un entrenador de baloncesto de tercera regional cuando quedan diez segundos para el final, ha sido sustituida por un odio a España -que tendría su peligro si fuera seco y adulto pero que es lacrimógeno y demasiado azucarado para ser tomado en serio- a quien naturalmente llaman «fascista» y acusan de haberse impuesto por la fuerza y por el miedo, como si los Estados y sus fronteras no hubieran sido todos el resultado de guerras perdidas y ganadas, y como si el temor de Dios, tanto o más que la fe, no fuera el pilar de la Iglesia y su poder. ¿O es que el diablo no existe? No se puede ser tan lerdo.

La victoria del presidente Rajoy en Cataluña se detecta, de entrada, en lo más aparente: en nuestro apacible fluir diario, en el puntual funcionamiento de la Generalitat bajo la aplicación del artículo 155, en los restaurantes llenos y en la amigable vecindad de los que llevan el lazo amarillo con los que no lo llevamos: la fractura social es un mito, y aunque el monotema agota, es propaganda federica decir que la sociedad catalana está rota.

Más profundamente, la victoria se percibe en la honda desolación de los independentistas cuando les oyes hablar. Ya sólo insultan a España sin ninguna idea propositiva para su causa. Ese odio desgarrado, cursi como todo lo que se piensa poco y se siente demasiado, sin proyección ni estructura ni deseo de mundo mejor, y que no sólo certifica la rendición de hoy sino que augura el signo único de la derrota para la próxima vez que lo vuelvan a intentar.

Salvador Sostres.

Articulista de Opinión.
CANELA FINA.

La Transición se desmorona.

LUIS MARÍA ANSON.

30 ENE. 2018 03:37.

El régimen constitucional de 1978 daba, hace ya diez años, muestras inequívocas de agotamiento, a causa de una clase política obtusa, mediocre, corrupta a ráfagas, incapaz de atender al medio y al largo plazo. Ahora, la España de la Transición se desmorona entre las manos ineptas de unos políticos que han puesto los intereses de sus partidos por encima del interés nacional. El pueblo, consciente de la situación, ha situado en tercer lugar, entre los diez problemas que más agobian a los españoles, a la clase política. A la fractura de España, al secesionismo catalán, se ha respondido, sobre todo en los últimos años, con inaudita lenidad, con acongojante cachaza, con pasotismo incalificable. Ante los hechos consumados, el Gobierno de Rajoy gestionó bien el apoyo del PSOE y de Ciudadanos para poner en marcha el artículo 155 de la Constitución. Y lo hizo acertadamente, con una salvedad: se necesitaban más de dos meses para sanear la situación antes de nuevas elecciones autonómicas. Lo lógico hubiera sido esperar a que los presuntos golpistas fueran juzgados y sentenciados. Ese error, ese inmenso error, ha provocado que el presidente payaso Puigdemont haya lidiado al natural al Gobierno marianita. La sólida formación jurídica de Jorge de Esteban le ha permitido escribir en estas páginas un soberbio artículo titulado El Consejo de Estado se equivoca. A pesar de las dificultades de procedimiento, el Gobierno ha entendido que debía impedir a toda costa que se votara la investidura de Puigdemont. Destacados analistas, por el contrario, hubieran preferido enredar al expresidente en su propia trampa y que se consumara, ante el mundo internacional, el grotesco esperpento. El Constitucional le ha dado la razón inicial al Gobierno de Rajoy, agudizando hasta el paroxismo la crisis catalana. Seguramente este envite lo terminarán ganando Soraya y el presidente. El órdago secesionista, sin embargo, es otro cantar. Son muchos los que temen que las torpezas cometidas por todos, y especialmente por los Gobiernos de Zapatero y Rajoy, terminen por descuartizar cinco siglos de Historia unida. Solo una vasta, profunda, copiosamente financiada operación a largo plazo, que incida desde la cátedra al tebeo en la educación y la comunicación catalanas, podría enderezar la situación. El régimen de la Transición se desmorona. La opinión pública solo salva a la Monarquía, las Fuerzas Armadas y los Cuerpos de Seguridad del Estado. Luis María Anson, de la Real Academia Española.
Me piro, que me embargan.

El broche de oro de Artur Mas ha estado a la altura de su trayectoria.

Luis Ventoso.

Actualizado:

10/01/2018 09:34h.

Ayer concluyó la carrera política de Artur Mas, una máquina de equivocarse desde que sucedió al muy honorable Pujol, pícaro evasor fiscal que fue su mentor. El adiós de Mas, que se ha apeado de la presidencia de su partido a las puertas de la sentencia del saqueo del Palau, ha estado a la altura de su trayectoria. Si hubiese que contar cómo justificó su salida, podría resumirse así: amiguetes, yo me piro, que me embargan el piso. Jugar al golpismo tiene estos pequeños contratiempos. Era divertido chinchar al paquidermo español, que parecía soñoliento, abotargado, incapaz de mover una oreja para espantar a las moscas. Pero el elefante se levantó parsimoniosamente, comenzó a barritar y resultó, vaya por Dios, que las leyes y los jueces todavía existían en España. Los golpistas catalanes eran víctimas del síndrome de la PlayStation. Pensaban que la política era un vídeo juego, que jamás tendrían que pagar sus afrentas delincuenciales. Artur tiene 61 años, viene de próspera familia, fue un chico de pérgola y tenis, de liceo francés y veraneo elegante y menorquín. Que rumbo a la jubilación te embarguen tu piso barcelonés de cinco dormitorios, en zona de 5.000 euros metro cuadrado, no entraba en los planes. Si la revolución era esto, yo me bajo.

La arrogancia marca de la casa parecía ayer todavía intacta. La sonrisa altiva, el distintivo tupé asertivo, las explicaciones prolijas, pero farragosas, expresadas con el soniquete displicente de quien se siente un elegido. Máscara de un hombre roto, que afronta un horizonte angustioso. Está ya inhabilitado. El pisazo volará si no abona el dinero (y los cruzados de la causa no están rascándose el bolsillo por él). El lunes llegará la sentencia del saqueo del Palau, autopsia del lodazal que fue su partido, y está también encausado por la consulta del 1-O. Además el holograma de Puigdemont, a control remoto desde Bruselas, lo ha desplazado del control del partido. Por último, la independencia se ha quedado en una quimera lesiva. Caminar hacia la setentena bajo una espada de Damocles de fracaso, ruina y cárcel mengua el ánimo. Así que mejor saltar del barco, adoptar un perfil chato, intentar salvar algunos euros del naufragio. El heroísmo es hermoso. Sí... en las novelas de Salgari… Ayer también dimitió Carles Mundó, ex consejero de Justicia, al que algunos veían como sucesor de Junqueras. Lo mismo: miedo a los barrotes y la constatación de que la república de octubre fue la Ínsula Barataria.

Junqueras continúa como huésped del Estado. Puigdemont ha abierto un circo de varias pistas en Bruselas. Mas se marcha. «Menudo lío tienen allí en Cataluña», comenta Rajoy socarrón por los corrillos, como si nada fuese con él. Esta temporada, en la cancha conservadora, está de moda ponerlo verde. Lo acusan de «no hacer nada». Algo habrá hecho para dejar en orsay a tanta supuesta eminencia del seny. Los separatistas podrán ganar elecciones, pero todo ha cambiado. Ahora existen límites. Caben en un número y una palabra: 155 y cárcel. El golpismo ya no es una ganga.

Luis Ventoso.

Director Adjunto.
TRIANA. Trileros, eso es. Trileros son los que hicieron trampas el 1 de octubre pasado. Con esta gente no hay nada que hacer y mucho menos que negociar.

Un saludo.
ANÁLISIS.

Cataluña, entre trileros.

Por un puro instinto de supervivencia y por el mantenimiento del negocio del independentismo como forma de vida los separatistas acabarán logrando algún acuerdo aunque sea de mínimos.

Manuel Marín.

Actualizado:

09/01/2018 03:09h.

El independentismo va a dar un millón de rodeos antes de investir a última hora, y cuando vaya a vencer el plazo de una nueva convocatoria de elecciones, a un nuevo presidente de la Generalitat. A priori, la munición política para que los aspirantes con opciones sean Carles Puigdemont y Oriol Junqueras es de fogueo. Ayer mismo, ERC cegó algunas de las vías que maneja Junts Per Cataluña, como la grotesca investidura telemática del huido ex presidente catalán. Parece razonable sostener que, por un puro instinto de supervivencia y por el mantenimiento del negocio del independentismo como forma de vida, los separatistas acabarán logrando algún acuerdo aunque sea de mínimos. No es lógico pensar que disponiendo de una mayoría suficiente de escaños, por ajustada que sea, vayan a arriesgar su patrimonio político dando nuevas opciones a Ciudadanos en unos nuevos comicios, en los que una hipotética resta de escaños del PSC y del PP podría impedir al secesionismo una mayoría absoluta de la que hoy sí goza.

Es factible pensar que finalmente habrá un acuerdo entre trileros, pero la liturgia de esconder la bolita y marear al ingenuo catalán hasta el infinito debe cumplirse metódicamente. El dilema no será el «qué» se negocia –el reparto del poder–, sino el «cómo» y, sobre todo, el «quién», para tratar de resolver el chantaje mutuo al que el separatismo se está sometiendo a sí mismo a través de vetos, exclusiones, odios personales, vendettas y facturas al cobro. Por eso no será fácil que, desde prisión, Oriol Junqueras avale una investidura fallida de Carles Puigdemont mediante un grotesco «multiplex» de plasma, o a través de una sesión dual de Skype que sería el hazmerreír de Europa, amén de ilegal. Los consejos de Gobierno de la nueva Generalitat serían dignos de un guión para José Mota: con el presidente aprobando decretos desde la ópera en Bruselas; con el vicepresidente preso en Estremera apelando al humanismo cristiano mientras su partido amenaza a la mitad de los catalanes; y con parte de los consejeros fugados haciendo los coros. Los consellers reunidos en la Generalitat… no habría quórum ni para un mus.

Alguien surgirá en el separatismo con un criterio negociador plausible y lógico para evitar nuevas elecciones, nuevos desafíos al Estado y nuevos disparates. Un Gobierno de videojuego es la psicotrópica opción que maneja Puigdemont con el único objetivo de pactar cómo eludir las frías noches de Estremera. Pero ese sí es un acuerdo imposible. No es muy común que el Tribunal Supremo se incline por negociar sutilezas de sediciosos.

Manuel Marín.

Adjunto al Director.
intento pasar la columna de Ignacio Camacho de hoy en ABC pero no está disponible, la cabecera lo resume muy bien

" los votos pueden absolver errores politicos, no delitos penales. no son ningún salvoconducto para librarse de la carcel.