Columnistas y Tertulianos


VIDAS EJEMPLARES.

¿Y si Manolito tuviese razón?

Homenaje liberal al presunto malo de las tiras de Mafalda.

Luis Ventoso.

Actualizado: 19/10/2020 07:43h.

El altivo Napoleón despreciaba a los ingleses con esta frase: «Inglaterra es una nación de tenderos». Pero tal vez el insulto albergaba un elogio involuntario. Los tenderos son gente responsable, no pueden permitirse gilipolleces, porque arriesgan su propio dinero, no el del Estado. Si las cuentas no cuadran ponen en jaque su medio de vida. Han de ser prudentes en el acopio de mercancía. Educados y atentos con su clientela, para que vuelva. Ingeniosos para intentar incrementar la demanda con nuevas ofertas. Al final, resulta que construir un país de tenderos, una nación volcada en la iniciativa personal y el comercio, no parece ninguna mala idea, sino un pacífico modo de multiplicar la riqueza.

Veo por casa un libro de tiras de Mafalda. Lo ojeo un rato como homenaje al gran Quino, muerto en días pasados. Según voy avanzando, me sorprende llegar a una conclusión opuesta a la que sentía de chaval ante estas mismas viñetas. Mafalda, la heroína, me resulta una pelmaza importante. Sin embargo - ¡horror!-, poco a poco voy notando que con quien sintonizo es con el teórico malo, con el tarugo de la pandilla, el cachazudo Manolito Goreiro, con su pelo pincho, su cabeza cuadrada, su americana de tendero y su lápiz perenne para echar cuentas.
Mafalda es una niña de buen corazón y clase media, que ella denigra como «clase medioestúpida». Idealista y de mirada utópica, cree que el mundo va fatal y se muestra como una pesimista patológica, anclada en la queja permanente. Detesta la sopa, el alimento que permite sacar adelante a la prole en familias de economías ajustadas. De mayor aspira a convertirse en traductora en la sede de la ONU y contribuir así a la paz mundial.

De toda la pandi mafaldiana, el único que curra es Manolito, volcado en la tienda de su padre, un emigrante gallego que ha conseguido montar el Almacén Don Manolo. El niño es tosco, rudo, aunque no mala gente; mediocre en el colegio, salvo con los números, donde se convierte en un hacha. Manolito ayuda en la tienda familiar y constantemente piensa en fórmulas publicitarias para atraer mayor clientela. Le gusta la sopa, por supuesto, y de mayor aspira a ser dueño de una enorme cadena de supermercados y volverse tan rico como Rockefeller. Ante los sermones igualitarios de Mafalda, Manolito replica: «Todos somos iguales, sí, solo que algunos arriesgamos un capital». Mafalda intenta ablandar su corazón, abrirlo al sentimentalismo progresista: «Vos, que siempre andás dale que dale con el almacén de papá, la plata y los negocios. Escucha esto: “El dinero no da la felicidad”». Manolito responde compungido: «Sí, ya lo sé». Pero acto seguido añade con sonrisa exultante: «Pero lo que me entusiasma es la maña que se da para imitarla».

Si en la España de hoy hiciésemos una encuesta de popularidad no habría duda: Mafalda golearía a Manolito. Tal vez por eso nos gobiernan Podemos y el PSOE. Pero con muchos manolitos un país sale adelante. Con la queja diletante y las soluciones quiméricas, no lo sé...

Luis Ventoso.

Director Adjunto.
El Pediódico

SÁBADO, 17/10/2020 - 19:54
1Ya no cantan las sirenas. Atrás quedaron Ulises, la advertencia de Circe y Euríloco y Perimedes amarrando a su capitán al mástil de la nave. Las sirenas ya no cantan; ahora aúllan. Hubo un tiempo en que hechizaban a los marinos con sus melodías. Pero en esta era temerosa, acrítica e infantilizada, en estos días de hooliganismo ciego no hay lugar para romanzas. Se impone el aullido. Cuanto más áspero y bronco, más eficaz. Qué antiguo te has quedado, Homero.

Los ... (ver texto completo)
¿34.000?. Dice que superan los 55.000. Que descansen en paz y olvidar el tema.
El Pediódico

SÁBADO, 17/10/2020 - 19:54
1Ya no cantan las sirenas. Atrás quedaron Ulises, la advertencia de Circe y Euríloco y Perimedes amarrando a su capitán al mástil de la nave. Las sirenas ya no cantan; ahora aúllan. Hubo un tiempo en que hechizaban a los marinos con sus melodías. Pero en esta era temerosa, acrítica e infantilizada, en estos días de hooliganismo ciego no hay lugar para romanzas. Se impone el aullido. Cuanto más áspero y bronco, más eficaz. Qué antiguo te has quedado, Homero.

Los datos ofrecen un refugio frente al embate perturbador de los aullidos. Los datos son sagrados. España, epicentro europeo de la segunda ola de la pandemia, contabiliza ya casi 34.000 muertes por el covid (bastantes más, según cálculos no oficiales), casi un millón de contagiados, una presión hospitalaria que roza el 10% de las camas de planta y el 20% de UCI.
El cataclismo económico hundirá este año el PIB en torno al 12,8% (cayó el 18,5% en el segundo trimestre, el 22,1% en tasa interanual). El desempleo ha devorado en un año a unos 800.000 trabajadores y la quiebra, a 42.000 empresas. Eso, sin contar a 1,2 millones de trabajadores en paro temporal (erte), cifra que va en aumento tras las nuevas órdenes de cierre de bares y restaurantes. La pobreza galopa. Llanto y rabia en los desahucios y colas mudas ante los comedores de beneficencia. Una sociedad depauperada.
Unidad política
Los datos son las cuerdas que pueden salvarnos del aullido enloquecedor de las sirenas. Conviene memorizarlos o tenerlos a mano para sobreponerse al fragor alucinógeno de batallas políticas oportunistas, ventajistas o directamente espurias. 34.000 muertos merecen, exigen un mínimo de unidad política para hacer frente a la catástrofe sanitaria y económica, para armar unos Presupuestos de combate, para idear e impulsar un renacimiento industrial merecedor del fondo solidario de la UE. No habrá examen de repesca en Bruselas. Pero en vez de esto, lo que obtienen las víctimas de la pandemia son acometidas furiosas en busca de atajos hacia el poder perdido en las urnas. 34.000 muertos merecen decoro. Tanto y tan poco.
Pedro Sánchez ha trazado un nuevo camino del PSOE, pero encuentro preocupantes muestras de de flaqueza. Por ejemplo, ante la intromisión de la Unión Europea por el control político del nombramiento de jueces en España, no ha salido Adriana Lastra a decir que en la Unión Europea son unos fachas, fiel a su elegante dialéctica, ni el vicepresidente especialista en cloacas ha aparecido para advertir de los oscuros grupos de presión capitalista, que emponzoñan a la Unión Europea. Nada.

Por ejemplo, en la nueva encuesta del CIS y todavía el PSOE no gana por mayoría absoluta. El ciudadano Tezanos es prudente, porque sabe que si dice la verdad el PSOE ganaría unas elecciones por mayoría aplastante, y eso relaja al electorado y se queda en casa, o se marcha de viaje porque, total, como nadie le hace sombra… pero eso de que el PP vaya por delante de PODEMOS, vamos, eso es difícil de creer.
Por ejemplo, viene el fiscal Navajas, que tiene un final de carrera apoteósico, y en el informe al Supremo sobre la posible comparecencia del aforado vicepresidente especialista en cloacas, se limita a decir que no ve motivos. Sólo eso. Vamos, una Dolores Delgado en plena forma, seguro que saca un informe donde la fiscalía llegaría a la conclusión de quea quien hay que investigar es al juez que se ha atrevido a poner su mirada sobre el experto en cloacas y teléfonos móviles.

Este es el PSOE de Sánchez, no el de Felipe González

Menos mal que, en otras cuestiones, el progresismo avanza imparable y ya tenemos lista una ley de educación donde estará vigente el aprobado general, porque los chicos pasarán de curso aunque no estudien, acertada medida, para qué les vas a hacer sufrir, si cuando estos chicos sean mayores vivirán en una España progresista, donde todos tendrán un sueldo básico, sin necesidad de entregar currículos, someterse a entrevistas personales o tener que trabajar. Y, por último, el santo y seña “pagarán más los que más tienen” se pone en marcha, y la coca-cola y los refrescos van tener más impuestos. ¡Se van a enterar los ricos, cuando se tomen una coca-cola de lo que cuesta un refresco! Este es el PSOE de Sánchez y no el de Felipe González, pero cuidado con las blandenguerías que debilitan el objetivo y embarran el camino.

Luis del Val.
POSTALES.

El arte de la mentira.

Sobre el juez que llevó el caso prefiero que opinen sus colegas, que ya lo están haciendo.

José María Carrascal.

Actualizado: 16/10/2020 00:14h.

Hay dos formas de mentir: contar lo contrario de lo ocurrido y contar sólo una parte de ello, colateral, ocultando lo importante. La izquierda ha usado profusamente ambas, al creerse en la posesión de la verdad y de la ética, lo que convierte en verdadero cualquier cosa que diga. Sin que las innumerables veces que la realidad la desmiente de un tortazo lograra que renunciase a tal práctica. El mero hecho de que se considere defensora de la libertad y de los pobres cuando crea miseria y opresión donde quiera que se implante es la mejor prueba. No respeta ni a sus fundadores. Marx dijo que la revolución proletaria no podía ocurrir sin haber tenido la burguesa, y miren por dónde, el país donde primero se implantó, Rusia, no tenía burgueses, sino aristocracia y siervos. Y lo peor es que así sigue un siglo más tarde.
Otro ejemplo sublime de la mentira como arma favorita de la izquierda lo tuvimos con el caso Gürtel y su principal consecuencia, la caída del Gobierno Rajoy. Que Francisco Correa había montado un tinglado con el tesorero del PP para financiar actos electorales y otras actividades de éste era sabido desde que aparecieron sus famosos papeles. Lo que sirvió para acusar al PP de financiación irregular, de llevar una caja B y de ser Rajoy uno de los beneficiados. Añádanle que el magistrado de la Audiencia Nacional que llevaba el caso lo asumió como prueba para condenar al partido y se montase una moción de censura que acabó con su presidencia. Pero el Tribunal Supremo, al revisar el proceso, ha hecho importantes correcciones. Las buscarán en vano en la brigada mediática del actual Gobierno, que se limita a decir que el Supremo certifica que el PP se lucró con la trama corrupta de Gürtel. Cuando en la sentencia hay mucho más. De entrada, ve «excesiva la alusión a la caja B del PP». De haber devuelto el dinero ingresado en su cuenta, 245.000 euros (una insignificancia frente al malversado en los ERE andaluces) se habría acabado el caso. En cuanto a Rajoy, ni siquiera aparece en él. Lo que no impidió que perdiera el puesto. Así se las gastan quienes quieren controlar la Justicia. El expresidente se lo ha tomado con su famosa cachaza. «Una reparación moral», dijo. Fue sin duda una de esas granujadas al por mayor que montó uno de los listos que abundan en nuestro país con el tesorero de un partido y su esposa como principales beneficiados, utilizado por sus rivales políticos para descabalgarles. Todos ellos han visto reducidas mínimamente sus penas. Sobre el juez que llevó el caso prefiero que opinen sus colegas, aunque ya están opinando, al apartarle de otras causas relacionadas. En cuanto al principal beneficiado, el actual presidente, le tocó contar el chiste del del día, al llamar al PP «partido antisistema». Cuando los tiene sentados a su lado, gobierna y negocia con ellos. Lo que indica que, a sus muchas carencias, hay que añadir la del sentido del ridículo.

José María Carrascal.

Articulista de Opinión.
LA TERCERA.

¿Y si hubieran ganado los otros?

«Me atrevo a asegurar dos cosas; que no tendríamos una Monarquía constitucional y que aquella España se parecería poco a la actual, pudiendo ser incluso “las Españas” de las que hablan algunos de nuestros políticos, sin entrar en detalles, el presidente entre ellos. Lo que significaría que no habíamos aprendido de nuestros errores. Como hoy»

José María Carrascal.

Actualizado: 15/10/2020 04:09h.

Ya que la ficción histórica está de moda, en el supuesto de que toda historia no sea ficción dado su fuerte contenido emocional y subjetivo, me extraña que no se haya escrito la del triunfo de los perdedores de nuestra guerra civil. Lo atribuyo a que no era fácil de contar, y las buenas plumas entre ellos prefirieron no ensuciarlas. Pero ya que vuelve a debatirse, me ha parecido interesante imaginarla, a ver si de una vez nos aclaramos. Excuso decir que admito toda clase críticas a esta versión inversa, sin ningunas pretensiones eruditas.

Para imaginar lo que hubiera ocurrido de haber ganado la República, hay que precisar en qué momento se produjo esa victoria. Si fue un triunfo rápido sobre los sublevados, estaríamos ante un pronunciamiento decimonónico, como el de Sanjurjo en 1931, aplastado de inmediato, al conocer el Gobierno la trama. Pero lo del 36 fue muy distinto: las tropas sublevadas se plantaron en pocos días en la sierra madrileña, tal como el «director» del golpe, el general Mola, había planeado. Mientras otras fuerzas eran aerotransportadas de Tetuán a Sevilla. Aquello iba en serio y cerraba toda posibilidad de compromiso, como Mola desde Burgos advirtió al presidente del Gobierno, Martínez Barrio, cuando le llamó el 19 de julio para llegar a un pacto. «En estos momentos, le contestó el general, veo en la calle una multitud pidiendo reconstruir España. Supongo que usted verá lo mismo en Madrid. Si hiciéramos lo que me propone esas multitudes nos fusilarían a los dos. Y harían bien». Aquello sólo podía acabar con un vencedor y un vencido.
De haber ganado el bando republicano, la represión hubiera sido tanta o más que en la España franquista. Basta ver lo ocurrido en aquella zona durante la guerra, donde todo sospechoso de ser de derechas se convirtió en enemigo, merecedor por lo menos de ser detenido e interrogado, como ocurrió a la inversa en la zona nacional e idéntica oleada de exilados. Los que hubieran podido escapar.

Ya que la Segunda Guerra Mundial se desencadenó poco después, la primera gran incógnita es si la España republicana se hubiera unido a Francia e Inglaterra contra Alemania, que había apoyado a los sublevados. No lo creo, por más que las apariencias lo indiquen. No lo creo porque ni a Stalin le interesaba echarse enfrente otro enemigo, aunque debilísimo tras una guerra civil, ni a Hitler le convenía, tras haber firmado con él un pacto y concentrado toda su fuerza en la rendición de Inglaterra machacada desde el aire. La segunda gran incógnita es si perdida la batalla aérea y no yendo demasiado bien el pacto con Moscú, las tropas alemanas que arrollaron Francia se hubieran detenido en los Pirineos y no siguieran su marcha hasta Gibraltar, colonia británica y una de las llaves del Mediterráneo, al tiempo que neutralizaban Portugal, uno de los peones de Inglaterra en Europa. Eso es ya más difícil de adivinar, pero si no lo hizo tras prometerle Franco que tomaría el Peñón, con apoyo alemán desde luego, y enviaría una división al frente ruso, resulta difícil imaginar que no diera la orden con un gobierno del Frente Popular en Madrid. Aunque puede pensarse que poca ayuda podía recibir de aquella España hecha trizas e incluso pudiera iniciar una guerra de guerrillas contra los «invasores» alemanes, como lo hizo contra las tropas de Napoleón. Les dejo a ustedes decidir lo que hubiera podido pasar.

Otra de las grandes incógnitas es cuál hubiera sido el lugar de desembarco aliado para iniciar el «segundo frente», tras haber dado la vuelta la gran guerra. La amplia costa ibérica atlántica resultaba tentadora, teniendo en cuenta que los alemanes no habían tenido tiempo, materiales, ni hombres para convertirla en un bastión defensivo como el que habían montado en la costa frente a Inglaterra. Sin duda las bajas en cualquier playa española o portuguesa hubiesen sido infinitamente menores que en Normandía. Pero había dos graves inconvenientes: que el traslado de las tropas y material para tal operación requería mucho más tiempo, con lo que el efecto sorpresa se eliminaba, y que esas tropas y ese material tenía que atravesar uno o dos países antes de llegar a la frontera alemana, que era el verdadero objetivo. Por no hablar de la resistencia que pudieran encontrar, más en España que en Portugal. Por lo que puede suponerse que los estrategas norteamericanos se inclinasen por el lugar elegido para el real Día D: la costa francesa frente a la británica, en el Canal de la Mancha.

Pero sigamos imaginando que la República hubiese ganado la guerra y las tropas de Hitler la hubiesen ocupado. La primera consecuencia de un desembarco aliado en la Península Ibérica hubiese sido la caída del régimen pro-Eje y la reinstauración republicana. Los procesos a los «colaboracionistas» iban a ser tan abundantes como duros en sus sentencias, pero no creo que España se convirtiese en un estado «satélite» de Moscú, como ocurrió en Europa oriental. Primero, porque eran tropas aliadas, norteamericanas especialmente, las ocupantes, no rusas. Luego, porque Stalin tenía bastante con digerir aquella media Europa, para jugársela tan lejos de sus fronteras. Pienso que su política se parecería a la adoptada en Italia y Francia, donde aconsejó a los líderes comunistas hacer un partido lo más fuerte posible, de forma que pudiera controlar hasta cierto punto cualquier gobierno que tuviese. Claro que no sabemos si esos líderes le obedecerían. Pero pienso que sí, pues están acostumbrados. Y el resto lo harían los exilados en Moscú que regresarían.

Un factor importantísimo sería que España estaría incluida en el Plan Marshall, con todos los beneficios que representó para Europa Occidental. Mucho más difícil me resulta imaginar cómo iba a organizarse. Puede darse por seguro que Cataluña exigiría el estatuto concedido por la República, reforzado, como los vascos el suyo, y Galicia el a punto de aprobarse en julio de 1936. ¿Cómo iban a reaccionar la demás regiones, Castilla la Vieja, León, Castilla la Nueva, Andalucía, Aragón, Valencia, Extremadura, con tantos o más títulos históricos? ¿Cómo iban a resolverse las disputas territoriales y las reivindicaciones de las que habían venido siendo provincias, como La Rioja, Murcia o Santander? Si fue difícil trazar el mapa autonómico durante la Transición, cuando la guerra civil quedaba lejos y los deseos de consenso eran grandes, en 1944, con las heridas aún abiertas, reivindicaciones de todo tipo por todas partes y un país asolado por dos contiendas, semejaría un polvorín. No creo, sin embargo, que llegásemos tan lejos como en la Primera República, en la que hubo declaraciones de guerra entre territorios vecinos, aunque sí roces más o menos grandes. Pero me atrevo a asegurar dos cosas; que no tendríamos una Monarquía constitucional y que aquella España se parecería poco a la actual, pudiendo ser incluso «las Españas» de las que hablan algunos de nuestros políticos, sin entrar en detalles, el presidente entre ellos. Lo que significaría que no habíamos aprendido de nuestros errores. Como hoy.
Luis Ventoso.
" Todos los gobiernos europeos se han tomado como una prioridad la vuelta al colegio. En primer lugar, porque formar a las nuevas generaciones es crucial para el buen futuro de los países. Pero también porque si los chavales no van a clase se les crea un enorme problema de intendencia a los padres, que en muchos casos no tienen con quien dejarlos. En España habrá 17 modelos de retorno a las aulas, aunque el hipertrofiado gabinete de Sánchez cuenta con tres ministerios para darlo todo ... (ver texto completo)
En la vuelta al colegio, al igual que en la pandemia nos ha pillado el "toro" los institutos (no se si todos) no se han adaptado, los alumnos van dos días a clase y otros dos se quedan en casa, ¿Con clases por ordenador? no, moneando todo el día, no se cual será el resultado, seguramente un curso fallido, pero da igual, si van a pasar de curso ¿Qué más da?
VIDAS EJEMPLARES.

Ni en lo básico.

¿A dónde va una nación cuyos partidos discrepan hasta al definirla?

Luis Ventoso.

Actualizado: 13/10/2020 08:33h.

Varios hermanos heredan de sus ancestros una parcela hermosa y de ilustre pasado, con una gran villa familiar para el disfrute de todos, cuyos muros contemplan siglos de historia. La mayoría de la familia aboga por proteger la propiedad, por cuidar esa casa exenta y cómoda y que todos puedan compartirla en armonía y solidaridad (la España constitucional del 78). Pero un hermano dice que no, que él prefiere que en lugar de esa sólida villa llena de historia se levanten en la parcela varias casitas de madera, una por hermano, para marcar distancias subrayando los perfiles autónomos y diferenciados de cada cual. En vez de una villa, tendremos «una villa de villas» (la España federal del PSOE). Un tercer hermano, el más joven e inconformista, protesta airado. Nada de casas. Lo que hay que hacer es derribar esa herencia retógrada de nuestros padres, demoler la vivienda y levantar un camping donde cada uno pueda «autodeterminarse» del resto (la república plurinacional de Podemos). Por último, dos de los hermanos inician una campaña pregonando que los demás les roban y que ellos son superiores al resto de familia, por lo que exigen aislarse de los demás levantando una cerca electrificada que salvaguarde los dos rincones de terreno que les corresponden (los nacionalistas catalanes y vascos). Toda vez que los hermanos parecen incapaces de alcanzar un acuerdo, la propiedad languidece.
La metáfora viene a la cabeza observando a nuestros políticos en la ceremonia de la Fiesta Nacional en el Palacio Real (los presidentes vasco y catalán por supuesto ni acudieron, despreciando, como siempre, al resto de sus compatriotas). En una estupenda entrevista de Esteban Villarejo en ABC, la ministra de Defensa, Margarita Robles, un oasis en un Gobierno adolescente, respondía así a la pregunta de qué es la nación española: «Es la patria de todos los españoles, una nación de muchísimo pasado, un pasado muy glorioso, muy heroico, y con un gran presente». Si se le hiciese la misma pregunta a Sánchez, el presidente del Consejo de Ministros donde ella se sienta, la respuesta sería que «España es una nación de naciones, un país complejo y plural» (lo cuál es tan absurdo como decir que Pontevedra no es una provincia, sino «una compleja provincia de provincias»). Desde su Declaración de Granada de 2013, la doctrina oficial del PSOE sostiene que «es necesaria y urgente una amplia reforma constitucional del modelo de estado». Pero al tiempo se proclaman un partido constitucionalista (¿defensores de una Carta Magna que según ellos ya no sirve?). El otro partido del Gobierno, Podemos, y el vicepresidente Iglesias, han prometido la Constitución, por tanto están obligados a respetarla y también a defender la figura del Rey, pues España es constitucionalmente «una monarquía parlamentaria». Pero Iglesias propone «un proceso constituyente» para cargarse aquello que debe defender por razón de cargo y crear «una república plurinacional y solidaria», donde por supuesto cabrá el derecho de autodeterminación, que permitirá liquidar el país.

¿A dónde va una nación donde sus partidos no están de acuerdo ni a la hora de definirla? Pues si no hay un giro, a largo plazo, al carajo.

Luis Ventoso.

Director Adjunto.
VIDAS EJEMPLARES.

El virus político.

La pelea del Gobierno con Madrid, execrable con lo que tenemos encima.

Luis Ventoso.

Actualizado: 01/10/2020 23:29h.

Aunque autocitarse resulta petulante, pido venia. El lunes 21 de septiembre, Sánchez se reunió con Ayuso, llamando solemnemente a aparcar partidismos y brindando todo su apoyo a Madrid. Al día siguiente, titulé un artículo: « ¿Compraría un coche usado a Sánchez?». Mi vaticinio era que «tras dos años de sanchismo fiarse de su palabra supone un canto a la ilusión más naif». Y así ha sido. Hoy sabemos que Sánchez vendió mercancía averiada a Ayuso. Solo cuatro días después de ofrecerle su leal colaboración, lanzaba a Illa a una agresiva rueda de prensa exprés para contraprogramar otra de la Comunidad. Al tiempo, el PSOE instigaba una manifestación contra Ayuso. Y por supuesto, los medios afines al Gobierno intensificaban su tesonera campaña contra Madrid, que jamás existió cuando el virus zarandeaba con crudeza Aragón, el País Vasco o el cinturón de Barcelona. Madrid es la cortina de humo para tapar la calamitosa gestión del Gobierno ante la primera ola y su aberrante inhibición en la segunda. Como ha señalado el científico Mariano Barbacid, no haber visto venir el problema en febrero puede resultar disculpable, «pero la segunda ola no tiene justificación posible». Sánchez pasó de enjaularnos a animarnos a «disfrutar de la nueva normalidad», porque «hemos derrotado al virus». Después traspasó el reto a las comunidades y se largó de veraneo.
La situación de Madrid es complicada. No puede escamotearse que el 43,6% de los nuevos casos en España ocurren en la comunidad. Pero en lugar de abordar la crisis con criterios técnicos y una inversión económica de choque en test y rastreos, todo ha degenerado en una refriega política para salir bien en la foto. A poco que se aplique el sentido común, el debate se torna absurdo. El Gobierno prohíbe que los vecinos de Madrid capital y otros ocho municipios madrileños salgan de sus poblaciones. Pero solo dentro de la metrópoli viven 3,3 millones de personas. Aun habiendo caído el uso del transporte público, casi 30 millones de madrileños utilizan el metro cada mes y otros 20 millones, el autobús. La mascarilla ayuda, sí, pero no garantiza protección absoluta. Y en las horas punta se torna utópica la distancia social. Es decir: mientras Illa ordena sus confinamientos, en la capital la población seguirá mezclándose en masa -y contagiándose- en metro, trenes y autobuses, porque la vida no puede parar.

Absurdo también que el Gobierno, que se pasó cuatro meses recalcando que sin estado de alarma no podía limitar la movilidad ni imponer su mando a las comunidades, cambie ahora de criterio y tome las riendas de Madrid sin cauce jurídico para ello (Casado se aburrió de proponerle a Sánchez vías legales intermedias que lo permitían, pero las despreció).

Retorno a Barbacid: «Abordar esto no es tan difícil. Solo hay que contratar más médicos, con contratos mínimamente decentes, y hacer más pruebas PCR. Ojalá pudiésemos curar el cáncer con algo tan simple». Pero no es la hora de la ciencia. Es la del vocerío partidista, aún a costa de dar el rejón a la economía.

(PD: chirriante paradoja que quienes vienen a ofrecer soluciones sean Illa y Simón, récord mundial de letalidad y contagios de sanitarios con su inolvidable gestión de la primera ola).

Luis Ventoso.

Director Adjunto.
Luis del Val

Ayer, cuando vi en el Congreso a ese diputado que parece salido de una taberna de zafios, y que se proclama antimonárquico y republicano, me acordé de otro antimonárquico y republicano llamado Joaquín Lavado Tejón, más conocido como Quino, que falleció ayer. Claro que comparar al creador de Mafalda con este matasiete, sería como contrastar un suave perfume con una boñiga de buey.
Qué diría Mafalda de todo esto? ¿Qué diría Mafalda de un Gobierno, que quiere aprovechar el dolor y el luto por los muertos para moverle la silla a una presidenta de Comunidad, grosería de tal calibre que hasta alguien de sus filas, Ángel Gabilondo, tuvo que decir que no era el momento más adecuado para mociones de censura? ¿Qué diría Mafalda de los gobernantes de una Comunidad que, al día siguiente de terminar el confinamiento, permitieron que decenas de miles de personas se hacinaran en el interior de autobuses y vagones de metro? ¿Qué diría Mafalda de un ministro de Sanidad que dice que está muy preocupado por Madrid y permite que, sólo por su aeropuerto, se muevan 150.000 personas cada día, sin una sola medida de precaución? ¿Es tonto, es mentiroso o es un sumiso pelotillero que hace siempre lo que le mandan? ¿Qué diría Mafalda de una Comunidad, que decide hacer pruebas a los docentes antes del curso escolar, y provoca unas filas de horas, donde los profesores, con toda la razón, se indignan? ¿Qué diría Mafalda de un ministro de Sanidad, que dice que él se atiene a lo que le dice el comité de expertos, y el comité de expertos no existe? La Comunidad de Madrid no puede presumir de buena gestión de la pandemia, pero el Gobierno de Sánchez no puede echarle la culpa cuando es el que peor ha gestionado la pandemia dentro de la Unión Europea, y que más descalabrado se va a quedar económicamente.

Por cierto, el creador de Mafalda, como buen republicano y antimonárquico, dudó en aceptar el premio Príncipe de Asturias. Lo aceptó y, a raíz de aquél encuentro, siempre habló con afecto de don Felipe y de doña Letizia. Hay una larga conversación que mantuvimos con él y dónde se refleja su escepticismo. Solicitó la nacionalidad española al comprobar que funcionaba la Transición, esa que el Gobierno de Sánchez y sus aliados están empeñados en destruir.
EL RECUADRO.

A Navarra, ni tocarla.

Cifras peores que las de Madrid son las de Pamplona y Navarra toda.

Antonio Burgos.

Actualizado: 29/09/2020 23:44h.

Claro, con tanto hablar de la Memoria Histórica, están reproduciendo la toma de Madrid en el 36. Sólo falta que por Unión Radio Madrid salga Isabel Díaz Ayuso: « ¡No pasarán los confinamientos totales que quiere imponer Illa!». Illa, por su parte, avanza por las tapias de la Casa de Campo y la Universitaria y lanza su ataque: «Deben tomarse medidas mucho más duras, tienen que dejarse ayudar, porque vamos tarde.» Tengo clara una cosa en la batalla de Madrid: no perdonan a la derecha liberal que les arrebatara la capital de España y la Comunidad de Madrid. Se agarran a todos los clavos ardiendo para echar al final toda la culpa a Isabel Díaz Ayuso de la falta de autoridad en materia sanitaria del Gobierno, verán cómo está al caer la acusación formal, con cifras.
Cifras que peores que las de Madrid son las de Pamplona y Navarra toda. Pero a Navarra, ni tocarla. Mira como Illa no ha dicho una sola palabra de que deban tomarse medidas más duras en la comunidad foral. Hay muchos votos favorables al presupuesto implicados en esa medida. Como también en un momento dado tuvo Cataluña peores cifras que las actuales de Madrid y Sánchez ni pensó en meter la cuchara en la «cogobernanza» e imponer confinamientos y duras medidas contra la política sanitaria seguida por los que le darán los votos en la aprobación de los presupuestos.

Y de Andalucía, ni te cuento. No son capaces de asfixiar económicamente a Navarra y a Cataluña como a Andalucía, que es lo que le están haciendo, porque tampoco perdonan, como a Madrid, que les arrebatara el poder. Con no mandar dinero... En la batalla de Madrid hay mucho de venganza más que preocupación por la salud y por las iniciativas para remontar una economía que está por los mismísimos suelos y que augura un otoño de absoluta ruina. Quieren a toda costa vengarse de Madrid, con el pretexto de las cifras de contagiados y de hospitalizados, por no ser territorio autonómico propio, a la órdenes de Sánchez y de sus socios podemitas. De ahí el incalificable cambio que vimos en la Puerta del Sol: de la Fiesta de la Banderita de un Sánchez que ofrecía toda ayuda a Isabel Díaz Ayuso a un Salvador Illa que reproduce con amenazas y presiones la carga de los mamelucos contra un poder que no tienen.

Es tan deprimente todo, que una aconsejable medida de salud mental es apagar el telediario, sea de la cadena que fuere. O verlo con un bote de antidepresivos al lado. Los dobles juegos y las dobles varas de medir te causan tal desolación, que te da vergüenza comprobar cómo ni Sánchez ni el Gobierno como tal desautorizan a los ministros que atacan a Don Felipe VI y a la Corona. Que vaya maldita coincidencia, que el bicho que nos ha cambiado la vida se llame corona... virus. ¿No podía ser «tricolorvirus», que les gustaría más a los que vetan y cercan al Rey, y lo quieren sólo como jarrón chino en La Zarzuela? A mí como español me da vergüenza que el Gobierno tenga que autorizar al Rey que se pueda entrevistar en La Toja con el presidente de Portugal o inaugurar allí mismo el II Foro La Toja-Vínculo Atlántico. Una cosa es el cumplimiento de la Constitución y otra enseñar las entretelas de la toma de La Zarzuela como pretenden, al modo de la toma de Madrid.

¿Y los Ejércitos? Venga a vejar y marginar a las Fuerzas Armadas, pero cuando están al borde de la desesperación, recurren al Ejército. No quieren tropas auxiliares, sino tropas ancilares: criadas, mano de obra barata cuando hay que fumigar las residencias de mayores, o enterrar a los muertos en el Palacio de Hielo, o rastrear la trazabilidad de los brotes, o montar carpas. Han convertido a los Ejércitos en mano de obra barata. Ya digo, apaguen el telediario, si no quieren coger una depresión de caballo...

Antonio Burgos.

Articulista de Opinión.
VIDAS EJEMPLARES.

El elefante ya pisa la alfombra.

Con un Gobierno de republicanos que desprecian el modelo de la Transición, al final...

Luis Ventoso.

Actualizado: 26/09/2020.

En las monarquías parlamentarias de las grandes democracias las relaciones de los reyes con los jefes de Gobierno se mantienen siempre dentro de la corrección institucional. Pero con el tiempo acaba trascendiendo que el monarca siente mayor afinidad personal por unos gobernantes que por otros. Por ejemplo, siempre se ha contado que a Isabel II le agradaba el premier laborista de la era beatle, Harold Wilson, pero se le atragantaban los despachos con Margaret Thatcher, más envarada. En España es sabido que Juan Carlos I alcanzó su mayor afinidad con González y que no acabó de congeniar con Aznar. Pero esas sintonías o lejanías emocionales nunca pueden comprometer el rol constitucional que corresponde a cada una de las partes, perfectamente reglado. Y ese elemental acuerdo, base de las democracias parlamentarias, está siendo saboteado en España por Sánchez y su Gobierno. Hasta ahora este problema era como un elefante escondido bajo la alfombra de la habitación. Aunque conocido, se prefería no mirar. Pero ayer el elefante comenzó a danzar sobre la alfombra y se evidenció una fisura institucional. El Rey transmitió a Lesmes, el jefe de los jueces, su pesar por el veto del Gobierno a su presencia en Barcelona. Acto seguido, dos miembros de la rama podemita del Ejecutivo, Iglesias y Garzón, acusaron a Felipe VI de «maniobrar contra el Gobierno democráticamente elegido e incumplir la Constitución».
El trato de Sánchez hacia el Rey no ha resultado normal. Nunca un presidente había usurpado con tal facundia labores de representación que corresponden al Jefe del Estado -véase el ninguneo en la Cumbre del Clima- y nunca lo había tratado con tal displicencia (véase el modo en que desdeña los despachos con él). Ha habido fallos protocolarios, tendentes a situar al presidente por encima del Rey. Sánchez envió a Felipe VI a Cuba, a 7.000 kilómetros, mientras anunciaba su coalición de Gobierno con Podemos. Minimizó la figura del Rey en la crisis del coronavirus, hasta el punto de que el Jefe del Estado hubo de promover una gira junto a la Reina por todas las comunidades (demostrando unos reflejos de cercanía y humanidad de los que ha carecido el presidente). Por último, el Gobierno presionó para forzar a Felipe VI a aceptar lo que en la práctica está siendo un exilio de su padre.

Pero el asunto que realmente envenena la relación es otro. El hito del reinado de Felipe VI ha sido su oportuno discurso del 3 de octubre de 2017, cuando atendiendo al anhelo de la mayoría de los españoles llamó a reponer el orden constitucional en Cataluña. Pero Sánchez se mantiene en el poder con el apoyo de los partidos antiespañoles y anticonstitucionales que promovieron el golpe que el Rey llamó a frenar. Esa incongruencia insalvable entre Felipe VI y su presidente tenía que acabar aflorando. Y ha sucedido. La solución pasaría porque Sánchez reconsidere su comportamiento y cumpla sus rotundas promesas del mes pasado en defensa de la monarquía parlamentaria y la Constitución. Pero la palabra de este presidente vale lo que vale...

Luis Ventoso.

Director Adjunto.
La vanidad de Irene.

Agustín Pery.

Actualizado: 23/09/2020 11:10h.

Cuando paseo por el casco viejo de Pamplona con mi mascarilla con la bandera de España impresa en el lateral sorteo algunas miradas inquisitoriales y no pocos murmullos de desaprobación. No soy ni el más arrojado ni el más provocador. En mi caso, puede más mi ansia de citarme con el mejor frito de pimiento que un paladar pueda probar y saberme criado en democrática libertad que los consejos de algún buen familiar, «ten cuidado, que te van a romper la cara». Ya les digo, pesa más la glotonería y la aspiración a dormir con la conciencia tranquila que el posible temor a que me redecoren el careto.

Algo así debe ocurrir con la ministra Irene Montero y su vanidad. Asume la princesa de la gente que ella puede posar y explayarse en «Vanity Fair». Que en política verbo y actos no vayan de la mano no es pecado, sino virtud. Que progrese de la popular «Diez Minutos» a la elitista «Vanitiy Fair» es simplemente la constatación de que ella sí ha tocado el cielo del papel couché. Vanity es una revista bien diseñada, mejor ilustrada y de textos pensados y elaborados, cosa de agradecer en tiempos de premura. Digamos que lo suyo es la ebanistería periodística. Su publicidad, también. Irene comparte páginas con anuncios para billeteras de esas que antes detesta (ba). Ahora no.
Yo, que por consejo marital empiezo a ver el lado bueno de las cosas, creo que su exhibicionismo revistil no merece condenarla en la hoguera de las vanidades sino celebrarlo con suspiros de esperanza. Irene se ha caído del caballo y, gracias sean dadas, ha descubierto que siempre es mejor aspirar a igualar por arriba antes que por abajo. La dinastía de Galapagar lo ha conseguido. Chalet burgués y sueldo de los de esa clase abyecta que tanto le quita (ba) el sueño.

Bienvenida sea pues al liberalismo, al capitalismo feroz. Ya nos vas entendiendo. No somos tan malos, te acogemos y te hacemos partícipes de nuestro anhelo: más como tú, anda, que será señal de que las cosas van bien y así lograremos mantener lo mucho malo que se nos viene encima con vuestra economía ficción.

Constatado que es clase media alta, solo queda suplicarle más hondura en las respuestas. Sé que es difícil para alguien formada en la política pancartera pero, oye, visto lo mucho que ha progresado en otros aspectos, me da que puede lograrlo.

No será en «Vanity Fair», lamentablemente. Irene, «la de la gente», concede generosa algunos halagos a personajes tan alejados (hasta ahora) de su yo obrero como la Reina o Ana Botín. Con ese puntito, o puntazo soberbio, tan suyo agradece a Doña Letizia que «llevara bien preparada la reunión» que mantuvieron. Y se artilla para los cañonazos por sus pecaditos burgueses. Nada de perroflautismo chic, ni hippismo cumbayá. Aturdida aún por el trompazo, descubierta la luz del escaparate como Saulo revivido, la Irene 4.0 ha descubierto que «la moda no es siempre impostura, también es una forma de expresar cómo eres… Como si ser progresista implicara pasar penurias. Precisamente lo que la izquierda defiende es un reparto más justo. El acceso a la belleza es un derecho».

Albricias, todo cabe en el catecismo laico de la izquierda del siglo XXI. ¿Impostada, artificial y pija la moda? Pues depende, ¿de qué o quién? Pues de Irene, coño. Así con todo. ¿Chaletarro con piscina y jardín? Motivos de seguridad. No les quedó otra. «Dimos ese paso para proteger a nuestra familia. Y lo ocurrido en los últimos dos años nos ha dado la razón. Mucha gente ha dado su vida por defender la libertad y la justicia social, por tanto, no vamos de víctimas (pero, oye, si cuela, cuela) aunque no nos parece un buen precedente democrático». Vamos que sí, que el griterío faltón y el bocinazo a orillas de tu casa es lo mismo que pegarle un tiro en una tapia guerracivilista.

Como no toda va a ser impostura en la ministra de Igualdad, nos da una de oro y otra de latón. Hay cloacas policiales, amor libre, la sensibilidad de Pablo al tomarse tres meses de baja paternal y la confidencia de que en cuestiones de alcoba Irene es conservadora. Pero ojo, no nos lo dice «como virtud. Soy consciente de que soy así y no es una de mis prioridades de transformación…»

Proletarios del mundo, respirad aliviados. Los capitalistas irredentos nos tendremos que conformar y celebrar que Irene, «la vanidosa», hoy es algo más nuestra que vuestra. Lo dicho, igualar por arriba. Gracias «Vanity Fair», gracias por ser nuestro escudo social.

Agustín Pery.

Director Adjunto.
VIDAS EJEMPLARES.

La tentación del pasteleo.

Algo se rompería en nuestro estado de derecho si el Supremo exculpase a Torra.

Luis Ventoso.

Actualizado: 20/09/2020 23:45h.

Los derechos y libertades que hoy disfrutamos son fruto de una larguísima y emocionante lucha jurídica que atraviesa siglos. La Constitución estadounidense de 1787, que inspiró democracias por todo el planeta, tal vez no habría existido de no ser por lo que ocurrió en un lejanísimo 15 de junio de 1215 en un prado a orillas del Támesis, en Runnymede, 32 kilómetros al oeste de Londres. Metafóricamente, aquel día un grupo de nobles sublevados cogieron por una oreja al Rey Juan I de Inglaterra, el villano de las pelis de Robin Hood, y lo obligaron a firmar la «Magna Carta Libertatum». El monarca Juan sin Tierra había crujido a impuestos a los grandes señores para financiar sus escaramuzas en Francia. Algunos de ellos se alzaron contra sus abusos y tomaron Londres. Medroso de perder su corona, el Rey acabó rubricando la Carta Magna. El documento, del que solo se conservan como tesoros cuatro de sus trece copias originales, es considerado un remoto antecesor de los derechos humanos y la seguridad jurídica (como lo fueron también los trabajos de la Escuela de Salamanca española en el Renacimiento). La frase de la Carta Magna que cambió el mundo es brevísima: «Nadie está por encima de la ley». Con una coletilla clave: ni siquiera el Rey. Su cláusula 39 nos asombra por su modernidad, y más viniendo de unos tipos que ni siquiera conocían el cepillo de dientes. Allí se establece que ningún hombre libre puede ser detenido, encarcelado o privado de sus bienes, «sino es en virtud de sentencia judicial de sus pares y con arreglo a la ley del reino».
El respeto de todos a unas normas idénticas para todos mejoró el mundo y es una semilla de nuestra civilización. Pero en el siglo XXI hay personas que todavía no lo entienden. Algunas incluso ocupan cargos públicos en democracias avanzadas. En las elecciones generales de abril de 2019, el presidente de Cataluña, Quim Torra, desobedeció reiteradamente la orden de la Junta Electoral Central de retirar de la fachada de la Generalitat una pancarta a favor de la «libertad» de aquellos que él y sus seguidores llaman «presos políticos». La Junta Electoral consideró que la proclama burlaba la obligada «neutralidad de los espacios públicos» en los periodos electorales. Pero Torra, que alardea de que las leyes españolas no rigen para él, desobedeció a sabiendas y con un exhibicionismo jactancioso. El resultado es que el Tribunal Superior catalán lo condenó a año y medio de inhabilitación y multa de 30.000 euros, pena que ahora debe ser ratificada -o no- por el Supremo.

Si el Supremo sorprendiese absolviendo a Torra resultaría una bendición para Sánchez de cara a sus enjuagues con el separatismo para aprobar los presupuestos y conservar el poder. Además, una sentencia exculpatoria probablemente sería celebrada por una mayoría de catalanes. Pero si los jueces del Supremo ceden a la tentación del palanganeo político, algo se quebrará en el Estado de Derecho español. Ya no seremos iguales ante la ley, sino que habrá exenciones a la carta según convenga al político de turno. Y eso no es más que la senda de la arbitrariedad, preludio de la ruina jurídica y moral de los países.

Luis Ventoso.

Director Adjunto.
TRIANA. Eso es. Nazismo y comunismo. Los dos males de nuestra historia, porque, ¿Cuál de los dos fue el bueno?, ¿y malo? Porque los dos se distinguieron cada uno con sus ideas.

Un saludo.
Ángel, efectivamente así es, lo peor de la historia.

Un saludo.